viernes, 11 de noviembre de 2016

El curso de neerlandés

Este verano pasado, pues, decidí dar un paso más en mi integración en este bendito país que me acoge y me apunté a un curso de neerlandés. No voy a entrar en charcos sobre si el flamenco y el holandés son o no la misma cosa, o si son diferentes dialectos de una lengua común llamada neerlandés, o si son dos lenguas distintas. Líbreme Dios, que ya tengo bastante de estas controversias en casa como para apuntarme a las de fuera. Sean lo que sean, lo cierto es que se escriben igual y a nadie se le ha ocurrido establecer ortografías separadas, así que para leerlo, que al final de lo que se trata, porque hablarlo perfectamente no parece tarea para mañana, ni para pasado mañana, ya basta. Por otra parte es evidente, incluso para un novato como yo, que hay cosas que no se pronuncian igual, y palabras que son distintas, tanto entre los Países Bajos y Flandes, como dentro de Flandes, donde no es lo mismo lo que se habla en Amberes y la jerga incomprensible de Cortrique u Ostende. Digamos que a mí me toca el estándar flamenco, sea eso lo que sea, y me tocará suavizar las ges y perder las costumbres de mi anterior intento de aprender neerlandés. Pero de ése hace más de veinte años.

La primera pregunta es ¿por qué?, y es una pregunta bien pertinente. En Bruselas, ciudad teóricamente bilingüe, pero básicamente francófona, el neerlandés es una lengua perfectamente prescindible, salvo que pretendas trabajar de cara al público o en una administración pública. Los guiris que trabajamos aquí en asuntos que implican múltiples países no solemos trabajar en neerlandés salvo contadísimas excepciones, y yo no soy una de ellas.

Pero, si pones un pie fuera de los límites de la región de Bruselas y de sus diecinueve municipios, la cosa cambia. Hay unos cuantos municipios, y entre ellos están los que rodean Uccle, en que el francés es más hablado que el neerlandés, claramente, pero todo lo oficial está en neerlandés, desde los nombres de las calles hasta los tablones de anuncios. Los municipios dan facilidades lingüísticas a quienes no hablan en neerlandés, pero se diría que es algo que hacen a regañadientes y que dejarán de hacer a poco que la cuerda se estire un poco más.

Al entrar en clase, ya se vio claro quiénes eran mis compañeros de curso. Aparte de algún friki multilingüistico, que ya va por lo menos por su sexta lengua (sí, vale, estoy en ese grupo, pero no estoy solo), la mayoría de los participantes son guiris que habitan en algún municipio de Flandes y necesitan comunicarse en neerlandés o morir en el intento, además de alguna extranjera (rusa, por más señas) con novio flamenco o directamente holandés que quiere enterarse de lo que se cuenta el susodicho novio cuando conversa con sus amigotes o con sus padres. Y también hay alguna belga, bruselense de pura cepa, que ya no cumplirá los cincuenta y que finalmente ha decidido desempolvar las nociones de neerlandés que en su día le dieron en el colegio y que ha olvidado casi por completo. O sin casi.

Como en prácticamente todos los cursos de idiomas, el predominio femenino es total: de los catorce alumnos, once son mujeres. Los otros tres somos un italiano que trabaja en Bruselas, sí, pero vive en Overijse y más le vale enterarse de las cartas que le envía el ayuntamiento; nos acompaña un norirlandés que entra perfectamente en la categoría de friki lingüístico, además de que, de hecho, trabaja de traductor, y yo mismo, que reconozco entrar holgadamente en la misma categoría.

Finalmente, toca hablar de la profesora, que vive y trabaja en Lovaina la Nueva, una ciudad universitaria que simboliza como pocas las rencillas lingüísticas de este país, que llegaron al punto de escindir la Universidad Católica de Lovaina, la más antigua y prestigiosa de Bélgica, por diferencias irreconciliables entre sus secciones francófona y neerlandófona. Nuestra profesora ha acabado en una ciudad muy francófona, como en Lovaina de Nueva, pero enseñando neerlandés, porque una cosa es el hecho de que los francófonos no quieran hablar neerlandés, y otra muy distinta lo que sucede al darse cuenta de que, si no hablas neerlandés, lo tienes crudo para trabajar en Bélgica, por muy bueno que seas. Nuestra profesora, además de su neerlandes materno, habla francés e inglés, y nos riñe cuando se da cuenta de que los que hablamos alemán mezclamos palabras alemanas cuando no nos salen las propias del neerlandés, que son muchas veces, porque, no lo olvidemos, somos principiantes.

Y hasta aquí los participantes. En las próximas entradas veremos el desarrollo del curso.

domingo, 30 de octubre de 2016

Sesentocracia

Los españoles tenemos todavía un regusto del complejo de inferioridad en el que nos han sumido los dos últimos siglos de decadencia, y a veces imploramos la comprensión del extranjero para con nuestras miserias. No de otra manera interpreto yo, por ejemplo, la pregunta que con harta frecuencia se me hace desde España: Y, por allí, ¿qué se cuenta de lo que nos está pasando? Últimamente se referían al hecho de no ser capaces de darnos un gobierno 'de verdad', en lugar del apaño provisional con el que estábamos saliendo del paso; otras veces han sido distintas situaciones que a quienes me preguntaban les parecían causa de vergüenza para España y los españoles.

La primera respuesta es, posiblemente, decepcionante, porque en Bélgica de los hasta ahora mismo vanos intentos de formar gobierno en España no se dice ni mu, y es normal que así sea, porque Bélgica está lejísimos de ser un ejemplo a seguir, y porque los diez meses que en España llevamos, no sin gobierno, sino con el gobierno en funciones, son una marca que Bélgica superó de largo no hace tanto tiempo.

Pero es que, además, en España nos debemos creer que, puesto que la información internacional ocupa un lugar tan importante en cualquier medio de información español, en los demás países la situación debe ser parecida. Pues no es así. En los demás países, se ocupan en primer lugar de sus asuntos, y sólo después de la información internacional a pie de página, y aun dentro de la información internacional, en el extranjero se ocupan de las grandes potencias, no como en España, donde se nos informa con detalle de las vicisitudes del gobierno camboyano, sin ir más lejos (porque apenas se puede, vale) o se hace un seguimiento del referéndum colombiano como si nos fuera la vida y la hacienda en ello.

Con todos los respetos hacia Colombia, e incluso hacia Camboya, lo que pase por allí se sigue en esos países, en los vecinos, y en los sitios acomplejados como España, en que no parece sino que estemos buscando algún lugar más decadente para consolarnos con su compañía. En Rusia, por ejemplo, la información es interna, y luego hablan un poquito de los países ex-soviéticos y de Alemania, Francia y, sobre todo, Estados Unidos. Y en Bélgica se escribe de política interna, que es muy complicada, como lo es el propio país, que está de psiquiatra, y luego de las potencias que lo rodean: Francia (sobre todo), Alemania (potencia invasora habitual) y Reino Unido. Y, claro, de Rusia y mucho más de Estados Unidos.

De España no se habla ni tantico. Y eso que apenas se encuentra un belga que no haya estado en España de turisteo, pero lo que pueda pasar por nuestro país les trae más o menos sin cuidado, igual que a los ingleses que colonizan nuestras costas y no hay forma de hacerles pronunciar dos frases seguidas en castellano, que lo que pase en España les trae sin cuidado, pero a los que tiene en vilo su propio país y su intención de cortar la libre circulación de personas en la Unión Europea que quieren abandonar.

Todo esto para relatar que nuestra crisis política y el hecho de que los partidos con posibilidades de hacerse un hueco sean cuatro en lugar de dos carece de importancia más allá de los Pirineos. Cuento con que en Portugal sí que le den algo más de importancia, pero sólo porque somos sus vecinos y no tienen otros, los pobres.

Lo que pasa en España, sin embargo, yo sí que lo he ido siguiendo desde la distancia o, cuando he pasado por allí, a pie de calle. A mí me parece que lo que ha sucedido y el triunfo final de Rajoy a la hora de hacerse con el gobierno es el último éxito de la generación de sesentones que ocupó el poder (entonces, claro, no eran sesentones, sino unos jovenzuelos) cuando falleció Franco.

Aquella generación, encabezada por el anterior jefe del Estado (que ya no es Franco, sino su sucesor a título de rey), se lo montó por todo lo alto a costa de endeudar a sus hijos, y hasta a sus nietos y bisnietos. Cuando murió Franco, España tenía un gasto público bastante modesto y una administración de pequeño tamaño y pocos medios. Barata, aunque lógicamente no muy eficaz. El sistema de protección social era bastante precario y se apoyaba fuertemente en la familia y en la Iglesia. Los impuestos directos se pagaban de vez en cuando y el sector público industrial era bastante potente, y tomado en su conjunto generaba beneficios. Pocos, pero beneficios. Eso sí, los que llegaban a viejos tenían pensiones de supervivencia y poco más y más valía que contaran con la ayuda de sus descendientes, que por supuesto se la daban, porque llevar a los padres de uno al asilo era la mayor de las vergüenzas, y causa de que a uno lo señalaran con el dedo por la calle si llegaba a conocerse semejante afrenta a las canas.

La generación que tomó el poder, cuyo representante más típico, aparte del jefe del Estado, es Felipe González, puso todo aquel sistema patas arriba. Una reforma fiscal radical y una administración de Hacienda modernizada y eficiente pusieron a disposición del poder una cantidad ingente de medios económicos. El equipo económico de González, formado por tres personas de su misma generación (Solchaga, Boyer y Borrell), quedó cegado por el éxito. El caso es que el sector público español se multiplicó en poquísimo tiempo, y la administración pública tragó a todo recién licenciado vía oposición (a veces con más plazas que candidatos) y a todo simpatizante a través de interinajes diversos que invariablemente terminaban con la plaza en propiedad. Esto pasó en la administración central, en la autonómica, en la local, en las universidades y en la empresa pública. La generación de la transición quedó colocada, a la vez que España se dotaba de una administración mucho más cara, pero obviamente mucho mejor en términos absolutos. El problema del sector público español es que España sólo lo puede pagar bajo circunstancias excepcionales de crecimiento económico y de ingresos fiscales, como pasó entre 1998 y 2007, aproximadamente, pero no en condiciones normales... que son las que hubo entre 1993 y 1998 y como las que hay ahora. En esas circunstancia, la única forma de pagar el monstruo que da de comer a los sesentones que nos han estado gobernando es endeudarse más y más. 'Lo prometido es deuda', rezaba un eslogan publicitario de los últimos setenta y primeros ochenta. Yo era un niño, educado en un ambiente -por desgracia- endeudado y que, por tanto, tenía un fortísimo rechazo hacia las deudas (como saben los que me sufren, conservó ese rechazo corregido y aumentado) y ese eslogan me parecía directamente perverso.

A los supersesentones que nos han estado gobernando, la deuda no les preocupa. Al fin y al cabo, no es su problema. Los que estaban en el poder se han hecho ricos, comenzando por el entonces jefe del Estado, lo que les ha dado para pagarse caprichos y amantes y asegurarse la vejez. Que para ello hayan hipotecado a los que hemos venido detrás es una consecuencia más o menos lamentable. De hecho, les han engañado con todo un tipo de, como ellos dicen, 'avances sociales', en plan de divorcio, aborto, ideología de género, uniones homosexuales y todo tipo de engañifas para disimular que lo que en realidad estaba pasando es que unos jetas estaban esquilmando el país impunemente. Una generación, hoy con los sesenta y los setenta años cumplidos, compuesta por gente como Juan Carlos de Borbón, Adolfo Suárez, Felipe González, Alfonso Guerra y su hermano, Jordi Pujol, Rubalcaba, Rodrigo Rato, Álvarez Cascos, Solchaga, Barrionuevo, Roldán, Vera, Aznar, Chaves, Zaplana o Rajoy, entre otros muchísimos que me dejo.

Todos ellos han afectado odiarse mutuamente mientras se llenaba los bolsillos con el dinero que pagarán nuestros hijos. Pareció que, al llegar Zapatero al poder, iban a dejar paso a los siguientes, pero no: en cuanto Zapatero se desmandó demasiado, le pusieron al lado, primero a Solbes y luego a Rubalcaba, representantes de la misma generación de siempre, para poner coto a sus desmanes.

La primera señal de que las cosas estaban cambiando la dio el jefe del Estado. Con la vida solucionada, y ya no para muchos trotes, Juan Carlos de Borbón dejó paso a su sucesor, que pertenece a una generación intermedia (la mía, por cierto) que peina canas taponada por la generación anterior, mientras los que vienen por detrás, los Sánchez, Ribera e Iglesias, les adelantan por la derecha y por la izquierda.

El último representante de la generación anterior es Rajoy, al que acompaña en el gobierno su ministro de Asuntos Exteriores, también de la misma colla. En las últimas dos elecciones ya estuvo rodeado en los debates por gente unos cuantos lustros más joven, y el peligro de perder poder ha sido real.

Yo interpreto lo que ha sucedido entre los sociatas de acuerdo con la lucha intergeneracional en la que estamos. Para derribar a Sánchez, que apenas supera los cuarenta e incluso aparenta menos, qué desfachatez, ha salido de su retiro la principal figura de la generación de la transición, Felipe González, asistido por su vieja guardia, para poner las cosas en su sitio de una manera sin precedentes. De momento, les ha salido bien, pero no sé si volverá a ocurrir.

Lo digo porque parece que en el Congreso, en los debates de investidura, el sociata que han tenido que poner de portavoz a falta de representantes de la generación de los patriarcas, al parecer, ha dicho que van a proponer la regulación de la eutanasia.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Brocantes

La palabreja no la había oído jamás hasta mi llegada a este bendito país que me acoge. Une 'brocante' no es sino un rastro o mercadillo donde se venden (y, por lo visto, también se compran) todo tipo de trastos que yo considero totalmente inútiles, pero que a alguien le parecen lo suficientemente atractivos como para incorporarlos a su propiedad.

Los belgas, en general, tienen bastante sitio en casa. Bélgica es un país de una extensión reducida y de una densidad de población muy elevada, pero el terreno está razonablemente dividido entre los habitantes y, así, todo el mundo sale a bastante espacio, no como en Moscú, que estábamos todos apretujados. Es raro que haya belgas sin un sótano bien espacioso, y aun los relativamente pocos que viven en pisos suelen disponer de un trastero que les permite guardar todo tipo de cosas en desuso. No es extraño, pues, que tengan cosas, supongo que por si la guerra. Y es que, pensarán ellos, nunca se sabe cuándo los alemanes van a volver por sus fueros y se van a desmandar otra vez.

En el año largo en que estuvimos visitando casas para acabar comprando una, pudimos ver algunos agujeros ejemplares. Recuerdo una, ocupada por un hombre separado abandonado tanto por su mujer, como por sus hijos, que ya se habían hecho mayores. Evidentemente, la casa se le caía encima, pero es que además se había echado novia y había decidido hacer vida nueva y romper con todo lo anterior, casa incluida. La casa estaba habitable, aunque no nos gustó lo suficiente como para hacer una oferta por ella, pero el sótano era un lugar insondable que daba grima ver, atestado de objetos inclasificables.

Así vimos varios lugares. He de decir que, en lo tocante a sótanos, nosotros estábamos lejos de ser un ejemplo a seguir. Ya en Moscú, en que teníamos la enorme fortuna de vivir en una casa con sótano y trastero, algo insólito, los llenamos hasta los topes, y trajimos a Bruselas, con la mudanza, cachivaches de todo tipo, que habíamos ido transportando por las diversas viviendas que fuimos ocupando en Rusia y que fueron cayendo en desuso. La mudanza desde Moscú ocupó el doble del volumen que hubiera podido tener, y menos mal que ésa nos la pagaron.

De hecho, durante los dos años y pico que ocupamos nuestra primera vivienda en Bruselas, antes de comprar esta casa en la que escribo, mi obsesión estuvo consistiendo en reducir el volumen de la próxima mudanza (ésa no nos la pagaban). No había manera. Todos los objetos, hasta los más inútiles, tenían un valor sentimental para alguien, así que la reducción del volumen fue bastante limitada, y muchos bultos nos han seguido hasta aquí y a saber el tiempo que se quedarán con nosotros.

No está en mi cultura, pero eso los belgas lo solucionan a base de brocantes. Aquí cabe distinguir entre los mercadillos, que ocupan durante los fines de semanas las plazas de Bruselas, y las brocantes, más esporádicas. Mercado, o mercadillo, son palabras que pueden llamar a engaño a un español. Yo, por ejemplo, me figuro como mercadillo al que hay en mi pueblo, o los que hay en Valencia en Músico Ayllón o en Convento Jerusalén, con un alto porcentaje de gitanos, y mucho menor de payos, entre los vendedores, anunciando el género a voz en grito, con regateos y policías municipales dando vueltas por allí, por si acaso. Ya, ya sé que, además, están los rastros, donde uno se encuentra dependientes muy formales que exponen los fines de semana el género que también venden en su tienda el resto de la semana, pero no es lo primero que se me viene a la cabeza.

En Bruselas, no.

En Bruselas los vendedores no son gitanos, o no lo parecen, y tampoco creo que haya muchos por aquí. Pueden ser magrebíes más que proporcionalmente, pero también hay otros extranjeros de Europa Occidental, y también muchos belgas ¿Y por qué hay tantos belgas? Porque desde niños les acostumbran a las brocantes y no les importa pasarse días de pie vendiendo lo que tienen a mano.

Una brocante es, pues, un mercadillo ad-hoc, y cada vecindario que se precie tiene la suya. Un buen día (sí, más vale que sea bueno) un organizador pide los permisos correspondientes al municipio, y ya sabe que puede cortar la calle que le convenga. A continuación, se anuncia la brocante como es debido y ¡hala! la gente empieza a apuntarse para vender sus cosas y sacarse unas perras vaciando el trastero.

Lo primero que hay que hacer es pagar al organizador por el derecho a ocupar nueve metros cuadrados, o así, de espacio público. Luego, el día D, uno extiende su chiriguito y a vender. He visto desde sitios muy organizados con lonas y mesas, hasta el más básico de lienzo por el suelo, como un vulgar mantero.

El caso es que las brocantes proliferan enormemente, y en ellas se venden trastos que yo no querría ni regalados, pero que a los belgas les chiflan. Lo que para mí es un cachivache infecto de nula utilidad, para muchos belgas es un objeto 'vintage' de altísimo valor, y la prueba es que no sólo hay mercadillos y brocantes, sino muchísimas tiendas dedicadas a muebles y objetos viejos y de dudosísimo gusto, pero que supongo que la gente compra. Basta darse un garbeo por Marolles, entre Jeu de Balle y Chapelle, para ver tiendas a cual más curiosa.

Sí. Los belgas no tiran nada, o prácticamente nada, y aun eso con gran dolor de su corazón. Y en eso son de admirar y me traen algunos pensamientos a la cabeza, pero escribiré sobre ellos otros día, porque hoy se hace tarde.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Primera parte: respondiendo

El lenguaje políticamente correcto, que infesta todos los medios de comunicación públicos, y fatalmente también los privados, como esta misma bitácora, no deja de asomar la patita por donde puede. Por ejemplo, hay una palabra que, desde hace varias décadas, vende muchísimo, que es 'democracia'. Todo el mundo, pero todo, quiere ser demócrata y ser investido de poder por el pueblo, y por nadie más. Los nacionalistas de extrema derecha se quieren demócratas, los comunistas, en realidad, o en su realidad, eran democracias populares, como el PP también es popular, y el propio Franco, paradigma español del antidemócrata, hizo llamar a su propio régimen, muy finamente, 'democracia orgánica'.

Quiero decir con esto que la palabra está gastadísima y ya lo quiere decir todo, o nada, pero todo el mundo tiene muchísimo miedo de quedarse sin ella, y no hay peor insulto en estos tiempos modernos que ser llamado antidemócrata, o fascista, que debe ser el sinónimo más en boga. El propio Zhirinovski, que no tiene fama de tolerante, ha llamado a su partido liberal y demócrata, cosa que, curiosamente, no ha hecho ninguno de los otros tres partidos que pueblan la Duma. Ser demócrata hoy es como ser católico en la España del siglo XVI, ¡ay del que no lo sea!, porque será excluido de la vida pública y se convertirá en un paria.

Pero una cosa es que el que no llore no mame, como denunciaba Beloemigrant el mes pasado, y otra muy diferente que la democracia partitocrática sea el único sistema que permita llorar. El llanto no depende más que de las libertades de expresión y reunión, y ésas han existido en todos los regímenes no directamente totalitarios, con tal de que se respetasen los valores mínimos de cada momento histórico. Igual que hoy hay que respetar, quieras que no, los que hay ahora.

Que protestar y llorar ha ocurrido siempre lo demuestran los innumerables motines del Antiguo Régimen. Sin salir de España, y sin necesidad de citar el 2 de mayo, otro día escribiré sobre el motín de Esquilache, de 1766, en pleno despotismo ilustrado poco democrático (todo por el pueblo, pero sin el pueblo), que, aunque parezca naftalinoso y antiguo, podría ser el día menos pensado de actualidad de lo más rabiosa, sin ir más lejos en un país como Bélgica.

Y sí, el que no llora, no mama. Aquí y en China.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Programa, programa, programa

En los casi dos meses, o sin el casi, que tengo la bitácora abandonada, he tenido más trabajo que el constructor de la muralla china, me he dejado las pestañas redactando todo tipo de escritos y, aunque de vez en cuando miraba la pantalla principal de la bitácora con nostalgia de cuando tenía ganas de cuidarla y de ir añadiendo entradas al nutrido número de las ya existentes, lo cierto es que no encontraba el momento de escribir algo con un mínimo de sentido y que, si lo hago ahora, es porque estoy tirado en la sala de espera de la estación principal de Luxemburgo, y mi tren no sale hasta dentro de un buen rato, porque el horario ha cambiado, y el que yo pensaba que me debía dejar en Bruselas resulta que no va más allá de Arlón, que me pilla lejos y donde, hoy por hoy, no se me ha perdido nada.

Pero, a fuerza de echarle horas y paciencia, el pico de trabajo que he padecido durante el verano, es decir, entre el 21 de junio y hoy mismo, se ha aplanado lo suficiente como para que ahora no tenga más que leer un par de docenas de informes, cosa que he decidido por unanimidad dejar para mañana. Y me he puesto a escribir en castellano, después de mucho tiempo de no redactar sino en francés e inglés, y coyunturalmente en alemán y en ruso.

Y es lástima que no lo haya podido hacer antes. Para empezar, porque en la última entrada el comentarista Beloemigrant ha dejado unos comentarios que, entretanto, están repletos de telarañas por lo desatendidos. No tengo por costumbre dejar los comentarios sin respuesta, y si lo he hecho esta vez es porque éstos merecen una atención que yo no he podido hasta ahora dedicar más que al trabajo que me permite pagar los garbanzos, así que voy a afrontarlos a la que tenga un buen rato. Este será el trabajo número uno, prometido.

Uno de los motivos por los que he guardado silencio durante tantas semanas tiene mucho que ver con una decisión que tomé cuando aún no sabía lo que me iba a caer encima durante el verano. Pensando, muy al contrario, que durante el verano la carga laboral tiende a reducirse, me apunté a un curso intensivo de neerlandés pagado por mi empleador, que es una organización lo suficientemente grande como para destinar una parte de su presupuesto a que sus esbirros se integren en el país aprendiendo la lengua local. Ha sido toda una experiencia, y de ella deberían salir un par de entradas por lo menos, pero eso será después de que haya respondido los comentarios a los que aludía antes. Lo primero es lo primero.

Bruselas es una ciudad calmada y tirando a muermo, según la fama que arrastra, y no digamos en una zona rabiosamente residencial como es la mía. Pero los belgas, o los bruselenses por lo menos, tienen características muy curiosas a los ojos de un español, y una de ellas es su afición por los trastos y las antiguallas. Ya hace tiempo que tengo entre ceja y ceja escribir sobre las 'brocantes', rastros y mercadillos en general, pero, hasta ahora, no se había dado la ocasión. Lo dejo para después de contar mis cuitas con el neerlandés, pero no para más tarde o, por lo menos, ése es el plan.

Esta bitácora cumplió diez años allá por mayo, tiempo en el cual los tiernos infantes que componían entonces la familia han tenido tiempo de convertirse en unos adolescentes con todas las de la ley. No es de recibo preguntarse si eso es bueno o malo, porque sencillamente es inevitable, pero trae aparejadas cosas como querer salir por ahí, enfrentarse a la autoridad (sobre todo a la paterna) y, también, querer tener siempre la razón en todo. Hace tiempo que no escribo sobre Abi, Ro y Ame (en realidad, hace tiempo que no escribo sobre nada en absoluto), pero ha llegado el momento de romper esa tendencia, sobre todo porque, a poco que me descuide, la mayor se me va a la universidad, y con ello de casa. Eso también dará lugar a alguna entrada, claro; de momento, baste con decir que todo indica a que se va a estudiar a Madrid, con algo de disgusto por su parte, porque, según ella, Madrid es una ciudad muy aburrida donde no hay nada que hacer.

Angelito...

domingo, 31 de julio de 2016

Democracia en Europa

El activista de la entrada del otro día se quejaba de que él TTIP era un peligro para la democracia, y el ciclista, es decir, yo mismo, que pasaba por allí, le espetaba que un tratado comercial no debía ser el peligro que decía.

Para empezar, habría que preguntarse qué cosa es ésa de la democracia a la europea. Se supone que una democracia es un sistema de gobierno en el que manda el pueblo, pero en Europa, y conozco los sistemas políticos de bastantes países, no veo yo que el pueblo mande mucho. Somos demasiados para que el voto de alguien sea relevante.

La democracia tiene posibilidades en entidades políticas pequeñas. En la Grecia clásica, que es donde se inventaron el concepto, tenía su sentido en cada una de las polis, e incluso dentro de ellas no todo el mundo tenía derecho a voto, ni mucho menos. En Atenas, considerada la quintaesencia de la democracia clásica, la gran mayoría de la población eran esclavos o extranjeros. Aristóteles, que no había nacido en Atenas, nunca pudo votar allí y, como tampoco le dejaban tener la propiedad de ningún inmueble, se las vio y se las deseó para abrir su escuela cuando consideró que no estaba de acuerdo con la Academia. Nunca le dieron la ciudadanía. Y en Esparta llegó un momento en que literalmente votaban cuatro gatos, que eran los espartiatas que quedaban: de los periecos e hilotas nadie se acordaba nunca como no fuera para aterrorizarlos.

Los demócratas griegos estarían muy ufanos y presumirían mucho de sus victorias en las guerras médicas, contra un enemigo muy superior, e incluso crerían que su sistema era mejor, pero lo cierto es que, no tantos años después, se los llevó por delante una entidad política no democrática, como era Macedonia. Y luego Roma, que desde luego no era democrática en el sentido actual.

Desde entonces, y hasta el día de hoy, nos debatimos en un dilema irresoluble. Por una parte, mola ser demócrata y que todo el mundo, incluso los activistas contra el TTIP, tengan su parcelita de poder, y eso se consigue sólo en el nivel municipal, mejor cuanto más pequeño sea el municipio. Por otra parte, la realidad es tozuda, y nos muestra, ya desde la Grecia clásica, que el pez grande se come al chico, y las excepciones, como las guerras médicas, son tan increíbles que los relatos sobre ellas son devorados con admiración incluso hoy.

En el Antiguo Régimen, las cosas estaban organizadas con cierto equilibrio. Había una entidad política superior, vale, que era el rey y sus ministros, pero con un peso bastante limitado en la vida del país y un aparato bastante modesto. El peso del sector público formal en el Antiguo Régimen nunca pasó del 10% del PIB y en la mayoría de los sitios tampoco del 5%, los impuestos eran bastante bajos y el rey y sus ministros subvenían a sus necesidades en buena parte con bienes patrimoniales. En las ciudades no vivía apenas nadie, mientras que más del 80% de la población vivía en los pueblos, muchos muy pequeños, y obviamente participaba en la vida municipal, gobernada con instituciones forales ¿Era un sistema democrático? No lo era formalmente, porque, además, en bastantes sitios había limitaciones al poder del municipio, vale, pero tengo la impresión de que la opinión de cada uno contaba mucho más de lo que cuenta hoy, en que el porcentaje se ha invertido y el 80% de la población vive en ciudades donde el voto tiene un valor infinitesimal ya a nivel municipal y donde, por si fuera poco, los municipios no mandan nada, han perdido todos sus bienes comunales y tienen que ir mendigando recursos del Estado y de las Comunidades Autónomas, ese ente intermedio con el que nos quieren hacer creer que la administración se acerca al ciudadano. El sector público pesa la mitad del PIB, o más en algunos sitios, mandan quienes deciden los partidos políticos, unas asociaciones fáciles de manipular por unos pocos, y encima nos quieren hacer creer que esto es democracia.

Añorar el Antiguo Régimen, como hacemos algunos, está muy bien, pero fuerza es reconocer que, como nos recuerda el escudo de Bélgica, la unión hace la fuerza. Podemos partirnos de risa al pensar lo poco que en Bélgica siguen sus propios lemas oficiales, pero, en un mundo globalizado, las unidades políticas pequeñas lo tienen crudo. Los estados pequeñitos, aunque sean ricos como Suiza o Luxemburgo, no pintan nada, y en el consejo de seguridad de la ONU los que tienen derecho de veto son los cinco grandes, y dos de ellos son ahora mucho menos grandes y el día menos pensado se quedan sin veto.

Total, que los estados ven que uno a uno, salvo los tres primos de Zumosol que hay en el mundo, no se comen nada, y se dedican a lo que los cursis llaman integración regional. La Unión Europea es el intento más claro.

El TTIP se enmarca en este ámbito. La peña critica lo de que crea unas garantías para las empresas en caso de cambios legislativos adversos, y esas garantías irían más allá de lo razonable. Con independencia de que efectivamente eso se está negociando y no sabemos qué saldrá de la negociación, lo cierto es que eso ya existe. Existe el CIADI, al que pertenecen los EEUU y todos los países de la UE, menos uno (Polonia), y que protege a las empresas contra los gobiernos de otros países, como bien saben Argentina y Repsol ¿Alguien ha criticado al CIADI por atentar contra la democracia?

Al final, como bien saben en el Reino Unido, se impone la soberanía de cada estado. Antes de que el malhadado TTIP llegue a entrar en vigor, faltan las negociaciones, falta la ratificación por una miríada de Parlamentos, incluyendo el europeo, donde no faltará quien lo vilipendie. Y, aún después de la aprobación, quien considere que es una cuestión lo suficientemente sería siempre puede seguir el ejemplo del Reino Unido y hacer mangas y capirotes del antedicho tratado. Luego se convertirá en un paria internacional poco digno de confianza, pero eso sucede ya con todos aquéllos que no se someten a todo lo que se les dicta, sin necesidad de TTIP, de CIADI ni de zarandajas semejantes.

Así que menos lamentarse por la pérdida de democracia, que ya hace mucho tiempo que se perdió, y más dedicarse a centrar las críticas en lo que de verdad importa. Para algunos será la pérdida de soberanía, para otros el uso de transgénicos, y para otros más simplemente las ganas de fastidiar cualquier cosa que venga de gringolandia, lo cual es perfectamente legítimo, y yo me apunto. Pero que no me vengan con que vamos a perder democracia, por favor, porque de eso sólo queda en alguna aldea, y ni siquiera en mi comunidad de vecinos de Valencia, que domina la vecina del primero, doña Margarita, con mano de hierro y aires dictatoriales que ningún otro vecino se atreve a cuestionar.

Y todos ésos que protestan, podían comenzar por preguntarse si sus pancartas en inglés, en Bruselas, son coherentes con lo que proclaman ¿A que no hay narices para protestar en neerlandés?

Pero eso le toca a la siguiente entrada.

miércoles, 13 de julio de 2016

Activistas

En julio, todos los estudiantes belgas ya están de vacaciones y pueden dedicar sus horas a mejorar el mundo. Uno de ellos formaba parte de un grupo ruidoso y faldicorto apostado junto al chausée d'Etterbeek y se dedicaba a abordar a quienes pasaban por allí esgrimiendo pancartas contra la nueva bestia negra de los luchadores por la libertad que en el mundo son: el TTIP, que es básicamente un acuerdo comercial entre la Unión Europea y los Estados Unidos de América, esos dos emporios capitalistas dedicados, so capa de promover la libertad de comercio, a hacer sufrir al mundo bajo la férula de las grandes corporaciones capitalistofascistas.

El joven en cuestión, que lucía cuatro pelos en guerrilla, a modo de barba y bigote, iba ataviado con un gracioso sombrero, pantalón corto, camiseta multicolor, con una simpática pegatina de un arco iris que debía querer ser un signo de solidaridad con la oprimidad comunidad LGBTI (de momento son cinco letras, más adelante ya veremos). En las manos iba armado, además de con la verdad incontrovertible, con un taco de octavillas antiTTIP y con una pancarta alusiva a la obligación de hacer ruido y a la convicción de que unidos podemos frenar el TTIP y el fascismo.

El joven vio a un ciclista que se acercaba hacia él por el mencionado chaussée d'Etterbeek, seguramente de camino a su trabajo. Un ciclista. Alguien con conciencia medioambiental y que pone su granito de arena para proteger la madre Tierra. Un progresista. Alguien que, por fuerza, debe ser receptivo al mensaje liberador que su grupo se gloriaba en propagar.

El semáforo se puso en rojo, y el ciclista tuvo que detenerse y poner pie a tierra. Nuestro joven se acercó presuroso y abordó al ciclista.

- Buenos días, señor. Estamos protestando contra el TTIP ¿Ha oído usted hablar del TTIP?

El ciclista, un hombre delgado, de rasgos angulosos, y con la cuarentena cumplida de sobra, levantó la cabeza y miró al joven con curiosidad.

- Sí, he oído hablar bastante.

El joven sonrió confiado.

- ¿Podría firmar contra él? Estamos poniendo en marcha una petición para detenerlo.

- ¿Usted está en contra del TTIP?

El joven miró un poco mejor al ciclista, que le hacía una pregunta tan tonta, y tan fácil de responder. Su ropa no era muy llamativa: un sencillo pantalón de tela, una camisa descolorida, un chaleco reflectante bastante venido a menos y zapatillas deportivas.

- Sí, estoy en contra - repuso el joven firmemente.

- ¿Y por qué? - preguntó el ciclsta de inmediato.

El joven balbució, como sorprendido de que hicieran falta motivos para oponerse al TTIP.

- Eh... estoo... porque es un peligro para la democracia - el joven se quedó mirando al ciclista con una sonrisa bobalicona.

El ciclista miró al joven de arriba a abajo, sonrió ampliamente y, puesto que el semáforo se puso en verde, se puso en marcha, diciendo al joven:

- ¿Un tratado comercial es un peligro para la democracia?

El ciclista se alejó, mientras el joven se encogía de hombros y se reunía con sus compañeros (y, sobre todo, con sus compañeras), antes de volver a la carga en busca de otro interlocutor menos preguntón. También es mala suerte, toparse con un ciclista fascista. Un impostor, seguro.