miércoles, 15 de febrero de 2017

En la tienda de puertas de garaje

Decíamos ayer (y, por una vez, fue realmente ayer, y no hace dos o tres meses) que nos hacía falta una puerta para nuestro garaje. Y nos habíamos quedado en el momento (emocionante, lo sé) en que atravieso con la intrepidez que me caracteriza un comercio belga y me dirijo a un dependiente, igualmente belga.

El dependiente está sentado delante de un ordenador, aparentemente trabajando. Una mirada un poco más atenta, y la experiencia de muchas tardes viendo a gente que, aparentemente, trabajaba, me permite convencerme de que lo que hace es mirar fijamente una pantalla. Decido prescindir de lo que pueda estar mostrando esa pantalla, y le dirijo la palabra.

- Buenas tardes, yo querría cambiar la puerta de mi garaje, y vengo a ver qué me pueden ofrecer.

El dependiente me mira con aspecto extrañado. Por un momento pensé que me había equivocado de tienda.

- Puertas de garaje, puertas de garaje... - el dependiente se puso a repetir su mantra.

Hice memoria. Giré la cabeza, y a mi alrededor no se veía otra cosa que puertas. La mayoría eran de interior, y alguna de entrada, y justo en la mesa vecina del dependiente había un catálogo abierto de puertas de garaje. O el dependiente era nuevo, o se estaba quedando conmigo, o era belga, o las tres cosas.

- No sé quién tendra puertas de garaje.

- ¿No? Pero, en su página web, dice que ustedes se dedican a las puertas de garaje.

- Sí, posiblemente diga eso. Preo, claro, hay que encontrar a la persona adecuada.

- ¿Y no está aquí? - pregunté haciendo acopio de paciencia y recordando que hacía tiempo que no releía "El castillo" y que quizá no sería una mala idea.

- Ufff... Hay alguien, sí... hay alguien...

Era noviembre. Los días, que sólo ahora empiezan a alargarse, eran cortísimos, y la luz del sol, a las cuatro de la tarde, comenzaba a apagarse. El cielo estaba gris, y el ambiente resultaba opresivo. Me erguí a la espera de que el dependiente haciera algo, lo que fuera. Éste comprendió que no me iba a ir tan simplemente y que, si quería seguir mirando lo que hubiera en la pantalla, primero iba a tener que librarse de mí.

- Voy a llamarlo - dijo, con un tono de voz en el que se apreciaba un mínimo, muy mínimo, de resolución.

Tomó el teléfono, marcó un número y, cuando hubo recibido una respuesta, comenzó a hablar:

- Ha venido una persona que quiere cambiar la puerta de su garaje.

- (...)

- Sí, ya se lo he dicho.

- (...)

- ¿Me podeis pasar con David?

- (..)

- Bueno, pues dadme su número.

- (...)

- Gracias.

Y colgó. Enseguida se dirigió a mí.

- Voy a intentar hablar con David. David tiene puertas de garaje. Le podrá ayudar.

- Vamos a ver.

- Yo hago lo que está en mi mano.

El dependiente volvió a marcar un número.

- David, ¿dónde estás?

- (...)

- Tengo aquí una persona que quiere cambiar la puerta de su garaje.

- (...)

- No lo sé. No se lo he preguntado ¿Puedes venir?

- (...)

- Gracias. Te espero.

El dependiente colgó de nuevo y volvió a dirigírseme.

- Va a venir David. Ésa es su mesa. Espérele ahí.

Y señaló la mesa que estaba justamente a su lado, a menos de medio metro de mí, la que tenía el catálogo de puertas de garaje. A partir de ahí debió considerar que el asunto que yo le planteaba ya no era de su incumbencia y volvió a su pantalla de ordenador. Entretanto, la pantalla se le había bloqueado y, con un gesto de hastío, tuvo que pulsar un par de teclas para seguir con sus quehaceres.

Me quedé de pie delante de la mesa, esperando a que apareciera David. Como eso no sucedió enseguida, di un par de vueltas mirando las puertas de entrada que tenían y, como nuestra puerta de entrada, aunque se abre y cierra sin problemas, data igualmente de la época colonial, pensé en qué no sería mala idea cambiarla también.

Ya había mirado varias veces cada detalle de todas las puertas de entrada que tenían por allí, y ya no sabía qué hacer para hacer tiempo hasta que David se dignara atenderme, cuando finalmente vi a un joven de elevada estatura y andar reposado, que se acercaba hacia la mesa que me interesaba con aires de plantígrado recién salido de la hibernación. Como quería ver a mis hijos antes de que se fueran a la universidad, decidí tomar la iniciativa y le intercepté.

- ¿Es usted David?

- Sí... ¿Usted es el ha venido por una puerta de garaje?

- Ése soy yo.

- Ufff... bueno, siéntese.

Acepté su invitación pensando que estaba hablando con un profesional, como atestiguaba el catálogo, precisamente de puertas de garaje, lo que a mí me interesaba, que estaba abierto sobre el escritorio, a diferencia del dependiente de al lado, que debía ser pariente cercano del dueño, a juzgar por su actitud inhibida.

Y con esto terminamos por hoy, quedando para mañana (o pasado, a saber) las aventuras que se sucedieron en aquel lugar que ya me estaba preguntando yo si era realmente una empresa de puertas de garaje, o la tapadera de un negocio mafioso o de una guarida de yihadistas ocultos en el almacén.

martes, 14 de febrero de 2017

La increíble aventura de la puerta del garaje

Creo que los lectores ya conocen sobradamente que, desde hace casi un par de años (¡cómo pasa el tiempo!) somos dueños de una casa y, desde hace algo menos de uno, después de un vía crucis en forma de obras en Bruselas, incluso la habitamos.

La casa está habitable, incluso perfectamente habitable, pero quedan cosillas por hacer, y una de ellas es la puerta del garaje. Es una puerta sólida, de cuando las cosas se hacían como Dios manda, incluso en Bélgica. Data del mismo año que la casa, allá por 1957, de cuando Bélgica aún era potencia colonial y expoliaba el Congo, antes de hacerse con las sedes de las instituciones comunitarias y pasar a expoliar al resto de los europeos, lo cual es mucho menos racista.

Pero, claro, desde 1957 ha pasado la friolera de sesenta años, y la puerta, no es que esté mal, que no, pero, por ejemplo, presenta algunos problemillas, el principal de los cuales es que no se abre, lo cual, quieras que no, es la función de una puerta. En realidad, no se abre desde fuera; desde dentro sí, y así es como se puede utilizar el garaje para algo. Yo llego con mi bicicleta, la dejo delante del garaje, abro la puerta principal de casa, entro al garaje por detrás, abro la puerta desde dentro, meto la bicicleta, y vuelvo a cerrar desde dentro. Incluso para alguien con mi paciencia, el proceso es tedioso. Además, cuando saco la bicicleta, hay que repetir el mismo proceso, sólo que al revés. No mola nada.

Cuando nos hubimos recuperado hasta cierto punto de la sangría que supuso comprar y reformar la casa, llegó el momento de pensar en cambiar la puerta. Uno pensaría que cambiar una puerta de garaje debe ser algo sencillo, pero ¡ja!, esto es Bélgica. A María Isabel, antes muerta que sencilla, se le debió ocurrir aquí la canción.

Yo hice lo que hubiera hecho en España. Un buen día cogí el buscador de Internet y pulsé 'portes de garage Uccle', porque uno estará más o menos hasta las narices del país, pero hasta cierto punto la elección de vivir en Uccle es mía y para ser consecuente tengo que tenerle algo de aprecio, y qué menos que dar una oportunidad al comercio local.

Me salió una dirección que parecia buena. Vi dónde estaba el establecimiento, y resulta que estaba muy cerca de la pista de entrenamiento de Ame, así que incluso podría aprovechar para hacer los trámites mientras Ame estuviera tratando de enchufar triples.

Bueno, en realidad me fije un poco más y mi gozo se quedó en un pozo, porque no, cuando los establecimiento cierran a las cinco y media y ni un minuto más no hay manera humana de visitar el lugar. Seguí hurgando por la página web, y tenían bastantes cosas colgadas y muchas fotos monas. Me llamó mucho la atención que alardearan de que sus productos eran cien por cien belgas, con calidad belga. Supongo que debía ser algo bueno, o eso creían ellos, pero yo noté un escalofrío en la espalda.

Sea como fuere, un buen día, que no tenía que ir al trabajo por la tarde, me acerqué al establecimiento con ánimo de dejar el asunto arreglado lo más pronto posible. Atravesé la puerta, miré a derecha e izquierda...

...y lo dejo aquí, porque se me hace tarde, pero prometo continuar. Sí, ahora de veras.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Feliz Navidad

A pesar del drástico descenso en el ritmo de publicación de entradas en esta mi bitácora, hay un par de situaciones al año que no se pasan nunca por alto. Una es el aniversario de la primera publicación. Cumplido el décimo aniversario, no tengo muy claro si mis arrestos me darán para llegar mucho más lejos, pero, mientras quede aliento, aquí estamos.

La segunda es la felicitación de Navidad, que no hay tampoco año que falte. Esta vez me ha tocado pasarla en la Valencia de mis entretelas, en lugar del Madrid mesetario. Una Valencia que, a diferencia de lo que es habitual, nos ha recibido empapada después de una gota fría absolutamente insólita en esta época del año. Y en Bruselas sin llover...

En fin, que feliz Navidad a los lectores que todavía se asomen por aquí, con mis mejores deseos. En el tintero se me quedan numerosos temas que abordar y que dan fe de la calamidad de país que es Bélgica. Uno se pregunta cómo es posible que sigan existiendo, después de las cosas que uno tiene que experimentar en la vida diaria y que me están llevando a un entrenamiento extraordinario de paciencia y resignación cristianas, más propias de Cuaresma que de Navidad. Si no fuera porque el espacio Schengen y la supresión de visados han obligado a los belgas a no meter demasiado el dedo en el ojo de quienes, extranjeros, vivimos aquí, diría que en Rusia se vivía más tranquilo siendo guiri. Pero no. De Rusia se podrán echar de menos cosas, pero las colas en los aeropuertos, los controles de pasaporte o la necesidad de estar pendiente del visado no están entre ellas.

Me gustaría hacer buenos propósitos con respecto a la frecuencia de publicación de entradas en la bitácora, que está de capa caída y no hay más culpable que yo mismo, pero prefiero no hacerlo. Uno hace lo que puede, pero el día tiene veinticuatro horas y ni una más, y sabe Dios que, si quiero dormir siete de ellas, no me queda gran cosa para dedicar a la escritura desenfadada que uso por aquí. Porque mi día a día también implica escribir, una y otra vez, pero no precisamente de forma desenfadada ni en castellano, sino todo tipo de escritos serios y sesudos, en un francés jurídico ceñudo y antipático, con abundantes citas de sentencias de este o aquel tribunal y con la pretensión de tener razón y ojito con quien se atreva a discutirlo. En comparación con esto, escibir en la bitácora es un alivio para los dedos, y es lástima que no pueda hacerlo más a menudo, pero uno tiene que ganarse los garbanzos, y luego es cuando se puede dedicar a filosofar. Así y todo, no pierdo la esperanza de filosofar un poco más el año que viene. Dios dirá.

martes, 20 de diciembre de 2016

Intensidad

Llevaba varios lustros sin aprender un idioma nuevo desde cero, y la verdad es que, a pesar de que la experiencia es un grado, encontrarse en una situación de orfandad lingüística cuando uno está acostumbrado a chapurrear lo que sea con mayor o menos acierto no es plato de gusto.

De repente, uno pasa de estar ufano hablando con fluidez a tartamudear, buscar las palabras con desesperación y apoyarse en otra lengua (el alemán, en este caso, para enfado de la profesora) para conseguir hacerse entender. De repente, uno pasa a no poder utilizar más que el presente de indicativo, porque los demás tiempos sospecha cómo pueden formarse, pero formalmente no los ha dado. De repente, uno pasa de tener conversaciones sesudas sobre temas trascendentes, a hablar del tiempo que hace y de cuál es su país (Ik ben uit Spanje. Ik ben spaniaard), y nada más porque no hay manera.

A todo esto, la profesora pone el grito en el cielo cada vez que alguno de los que dominamos el alemán nos confundimos y soltamos un "ich" en lugar del obligatorio "ik", o "haben" en lugar de "hebben", y así varias más. Todo son actividades de conversación, en las que nos divide por grupos y en el que, después de sudar tinta para comunicar las poquitas cosas que nos da con las doscientas palabras y tres estructuras de las que disponemos, miramos a nuestro alrededor y seguimos hablando en francés, inglés o alemán (y en un caso incluso en ruso, sí).

A medida que avanzan las semanas, y más concretamente en la tercera, ya nos soltamos un poquito más. Ejercicios y más ejercicios han tenido la virtud de hacernos soltar la lengua un poquito. Recuerdo en mi tiempos del colegio que había quien antes de los exámenes orales de alemán se acercaba al bar de la esquina a hacerse una casalleta y despegarse así la lengua. Aprobó, pero no sé si recomendar el sistema.

Aquí, lo más difícil es hacerse a la idea que debemos comunicarnos en una lengua en la que nos cuesta mucho decir algo que tenga un mínimo sentido, cuando podríamos decir casi cualquier cosa en otras lenguas, pero, una vez nos acostumbramos a balbucear con dificultad y nos resignamos a abandonar el inglés, el francés o, más que nada, el alemán, idioma especialmente proscrito, pues ya sólo nos queda seguir hacia delante.

Al final, el curso lo pasé con buena nota, y se supone que puedo pasar a segundo nivel. La verdad es que, desde que terminé el curso, el neerlandés lo he usado más o menos lo mismo que antes, que es muy poquito más que prácticamente nada, salvo para pasar a Flandes y tratar de caer bien con un par de frases, porque es evidente que comunicarse en francés por allí no está muy bien visto, incluso en municipios que están en esa estrecha franja que queda encajada entre la región de Bruselas y la de Valonia y que están rodeados de francofonía, y no sólo rodeados, sino con una quinta columna francófona que fatalmente se hace más y más numerosa.

Pero, así y todo, lo del neerlandés parece una buena idea, y no dudo que voy a continuar tomando clases en el poco tiempo que me deja el resto de mis ocupaciones y que, como es evidente, han tenido un impacto brutal sobre la frecuencia de publicación de entradas en esta bitácora de mis pecados. Pero, el otro día, fui a un supermercado en Alsenberg, que está cerca de Bruselas, pero que no es Bruselas, y el cajero que me atendió resultó ser un armario pelirrojo con unos brazos que parecían piernas y tatuados de muñeca a hombro, y un aspecto taciturno y antipático que ríete de Guillermo el Estatúder. Inmerso en mis pensamientos, se me escapó un 'bonjour' y, como era el cliente, aún recibí un 'goedemorgen' como respuesta, porque, de no haberlo sido, quizá mis buenos deseos para con su día no me hubieran servido para evitar un bufido.

Así que sí, va a ser que el neerlandés es un idioma importante, al menos, para mantener la paz en el mundo. En mi mundo, por lo menos.

viernes, 11 de noviembre de 2016

El curso de neerlandés

Este verano pasado, pues, decidí dar un paso más en mi integración en este bendito país que me acoge y me apunté a un curso de neerlandés. No voy a entrar en charcos sobre si el flamenco y el holandés son o no la misma cosa, o si son diferentes dialectos de una lengua común llamada neerlandés, o si son dos lenguas distintas. Líbreme Dios, que ya tengo bastante de estas controversias en casa como para apuntarme a las de fuera. Sean lo que sean, lo cierto es que se escriben igual y a nadie se le ha ocurrido establecer ortografías separadas, así que para leerlo, que al final de lo que se trata, porque hablarlo perfectamente no parece tarea para mañana, ni para pasado mañana, ya basta. Por otra parte es evidente, incluso para un novato como yo, que hay cosas que no se pronuncian igual, y palabras que son distintas, tanto entre los Países Bajos y Flandes, como dentro de Flandes, donde no es lo mismo lo que se habla en Amberes y la jerga incomprensible de Cortrique u Ostende. Digamos que a mí me toca el estándar flamenco, sea eso lo que sea, y me tocará suavizar las ges y perder las costumbres de mi anterior intento de aprender neerlandés. Pero de ése hace más de veinte años.

La primera pregunta es ¿por qué?, y es una pregunta bien pertinente. En Bruselas, ciudad teóricamente bilingüe, pero básicamente francófona, el neerlandés es una lengua perfectamente prescindible, salvo que pretendas trabajar de cara al público o en una administración pública. Los guiris que trabajamos aquí en asuntos que implican múltiples países no solemos trabajar en neerlandés salvo contadísimas excepciones, y yo no soy una de ellas.

Pero, si pones un pie fuera de los límites de la región de Bruselas y de sus diecinueve municipios, la cosa cambia. Hay unos cuantos municipios, y entre ellos están los que rodean Uccle, en que el francés es más hablado que el neerlandés, claramente, pero todo lo oficial está en neerlandés, desde los nombres de las calles hasta los tablones de anuncios. Los municipios dan facilidades lingüísticas a quienes no hablan en neerlandés, pero se diría que es algo que hacen a regañadientes y que dejarán de hacer a poco que la cuerda se estire un poco más.

Al entrar en clase, ya se vio claro quiénes eran mis compañeros de curso. Aparte de algún friki multilingüistico, que ya va por lo menos por su sexta lengua (sí, vale, estoy en ese grupo, pero no estoy solo), la mayoría de los participantes son guiris que habitan en algún municipio de Flandes y necesitan comunicarse en neerlandés o morir en el intento, además de alguna extranjera (rusa, por más señas) con novio flamenco o directamente holandés que quiere enterarse de lo que se cuenta el susodicho novio cuando conversa con sus amigotes o con sus padres. Y también hay alguna belga, bruselense de pura cepa, que ya no cumplirá los cincuenta y que finalmente ha decidido desempolvar las nociones de neerlandés que en su día le dieron en el colegio y que ha olvidado casi por completo. O sin casi.

Como en prácticamente todos los cursos de idiomas, el predominio femenino es total: de los catorce alumnos, once son mujeres. Los otros tres somos un italiano que trabaja en Bruselas, sí, pero vive en Overijse y más le vale enterarse de las cartas que le envía el ayuntamiento; nos acompaña un norirlandés que entra perfectamente en la categoría de friki lingüístico, además de que, de hecho, trabaja de traductor, y yo mismo, que reconozco entrar holgadamente en la misma categoría.

Finalmente, toca hablar de la profesora, que vive y trabaja en Lovaina la Nueva, una ciudad universitaria que simboliza como pocas las rencillas lingüísticas de este país, que llegaron al punto de escindir la Universidad Católica de Lovaina, la más antigua y prestigiosa de Bélgica, por diferencias irreconciliables entre sus secciones francófona y neerlandófona. Nuestra profesora ha acabado en una ciudad muy francófona, como en Lovaina de Nueva, pero enseñando neerlandés, porque una cosa es el hecho de que los francófonos no quieran hablar neerlandés, y otra muy distinta lo que sucede al darse cuenta de que, si no hablas neerlandés, lo tienes crudo para trabajar en Bélgica, por muy bueno que seas. Nuestra profesora, además de su neerlandes materno, habla francés e inglés, y nos riñe cuando se da cuenta de que los que hablamos alemán mezclamos palabras alemanas cuando no nos salen las propias del neerlandés, que son muchas veces, porque, no lo olvidemos, somos principiantes.

Y hasta aquí los participantes. En las próximas entradas veremos el desarrollo del curso.

domingo, 30 de octubre de 2016

Sesentocracia

Los españoles tenemos todavía un regusto del complejo de inferioridad en el que nos han sumido los dos últimos siglos de decadencia, y a veces imploramos la comprensión del extranjero para con nuestras miserias. No de otra manera interpreto yo, por ejemplo, la pregunta que con harta frecuencia se me hace desde España: Y, por allí, ¿qué se cuenta de lo que nos está pasando? Últimamente se referían al hecho de no ser capaces de darnos un gobierno 'de verdad', en lugar del apaño provisional con el que estábamos saliendo del paso; otras veces han sido distintas situaciones que a quienes me preguntaban les parecían causa de vergüenza para España y los españoles.

La primera respuesta es, posiblemente, decepcionante, porque en Bélgica de los hasta ahora mismo vanos intentos de formar gobierno en España no se dice ni mu, y es normal que así sea, porque Bélgica está lejísimos de ser un ejemplo a seguir, y porque los diez meses que en España llevamos, no sin gobierno, sino con el gobierno en funciones, son una marca que Bélgica superó de largo no hace tanto tiempo.

Pero es que, además, en España nos debemos creer que, puesto que la información internacional ocupa un lugar tan importante en cualquier medio de información español, en los demás países la situación debe ser parecida. Pues no es así. En los demás países, se ocupan en primer lugar de sus asuntos, y sólo después de la información internacional a pie de página, y aun dentro de la información internacional, en el extranjero se ocupan de las grandes potencias, no como en España, donde se nos informa con detalle de las vicisitudes del gobierno camboyano, sin ir más lejos (porque apenas se puede, vale) o se hace un seguimiento del referéndum colombiano como si nos fuera la vida y la hacienda en ello.

Con todos los respetos hacia Colombia, e incluso hacia Camboya, lo que pase por allí se sigue en esos países, en los vecinos, y en los sitios acomplejados como España, en que no parece sino que estemos buscando algún lugar más decadente para consolarnos con su compañía. En Rusia, por ejemplo, la información es interna, y luego hablan un poquito de los países ex-soviéticos y de Alemania, Francia y, sobre todo, Estados Unidos. Y en Bélgica se escribe de política interna, que es muy complicada, como lo es el propio país, que está de psiquiatra, y luego de las potencias que lo rodean: Francia (sobre todo), Alemania (potencia invasora habitual) y Reino Unido. Y, claro, de Rusia y mucho más de Estados Unidos.

De España no se habla ni tantico. Y eso que apenas se encuentra un belga que no haya estado en España de turisteo, pero lo que pueda pasar por nuestro país les trae más o menos sin cuidado, igual que a los ingleses que colonizan nuestras costas y no hay forma de hacerles pronunciar dos frases seguidas en castellano, que lo que pase en España les trae sin cuidado, pero a los que tiene en vilo su propio país y su intención de cortar la libre circulación de personas en la Unión Europea que quieren abandonar.

Todo esto para relatar que nuestra crisis política y el hecho de que los partidos con posibilidades de hacerse un hueco sean cuatro en lugar de dos carece de importancia más allá de los Pirineos. Cuento con que en Portugal sí que le den algo más de importancia, pero sólo porque somos sus vecinos y no tienen otros, los pobres.

Lo que pasa en España, sin embargo, yo sí que lo he ido siguiendo desde la distancia o, cuando he pasado por allí, a pie de calle. A mí me parece que lo que ha sucedido y el triunfo final de Rajoy a la hora de hacerse con el gobierno es el último éxito de la generación de sesentones que ocupó el poder (entonces, claro, no eran sesentones, sino unos jovenzuelos) cuando falleció Franco.

Aquella generación, encabezada por el anterior jefe del Estado (que ya no es Franco, sino su sucesor a título de rey), se lo montó por todo lo alto a costa de endeudar a sus hijos, y hasta a sus nietos y bisnietos. Cuando murió Franco, España tenía un gasto público bastante modesto y una administración de pequeño tamaño y pocos medios. Barata, aunque lógicamente no muy eficaz. El sistema de protección social era bastante precario y se apoyaba fuertemente en la familia y en la Iglesia. Los impuestos directos se pagaban de vez en cuando y el sector público industrial era bastante potente, y tomado en su conjunto generaba beneficios. Pocos, pero beneficios. Eso sí, los que llegaban a viejos tenían pensiones de supervivencia y poco más y más valía que contaran con la ayuda de sus descendientes, que por supuesto se la daban, porque llevar a los padres de uno al asilo era la mayor de las vergüenzas, y causa de que a uno lo señalaran con el dedo por la calle si llegaba a conocerse semejante afrenta a las canas.

La generación que tomó el poder, cuyo representante más típico, aparte del jefe del Estado, es Felipe González, puso todo aquel sistema patas arriba. Una reforma fiscal radical y una administración de Hacienda modernizada y eficiente pusieron a disposición del poder una cantidad ingente de medios económicos. El equipo económico de González, formado por tres personas de su misma generación (Solchaga, Boyer y Borrell), quedó cegado por el éxito. El caso es que el sector público español se multiplicó en poquísimo tiempo, y la administración pública tragó a todo recién licenciado vía oposición (a veces con más plazas que candidatos) y a todo simpatizante a través de interinajes diversos que invariablemente terminaban con la plaza en propiedad. Esto pasó en la administración central, en la autonómica, en la local, en las universidades y en la empresa pública. La generación de la transición quedó colocada, a la vez que España se dotaba de una administración mucho más cara, pero obviamente mucho mejor en términos absolutos. El problema del sector público español es que España sólo lo puede pagar bajo circunstancias excepcionales de crecimiento económico y de ingresos fiscales, como pasó entre 1998 y 2007, aproximadamente, pero no en condiciones normales... que son las que hubo entre 1993 y 1998 y como las que hay ahora. En esas circunstancia, la única forma de pagar el monstruo que da de comer a los sesentones que nos han estado gobernando es endeudarse más y más. 'Lo prometido es deuda', rezaba un eslogan publicitario de los últimos setenta y primeros ochenta. Yo era un niño, educado en un ambiente -por desgracia- endeudado y que, por tanto, tenía un fortísimo rechazo hacia las deudas (como saben los que me sufren, conservó ese rechazo corregido y aumentado) y ese eslogan me parecía directamente perverso.

A los supersesentones que nos han estado gobernando, la deuda no les preocupa. Al fin y al cabo, no es su problema. Los que estaban en el poder se han hecho ricos, comenzando por el entonces jefe del Estado, lo que les ha dado para pagarse caprichos y amantes y asegurarse la vejez. Que para ello hayan hipotecado a los que hemos venido detrás es una consecuencia más o menos lamentable. De hecho, les han engañado con todo un tipo de, como ellos dicen, 'avances sociales', en plan de divorcio, aborto, ideología de género, uniones homosexuales y todo tipo de engañifas para disimular que lo que en realidad estaba pasando es que unos jetas estaban esquilmando el país impunemente. Una generación, hoy con los sesenta y los setenta años cumplidos, compuesta por gente como Juan Carlos de Borbón, Adolfo Suárez, Felipe González, Alfonso Guerra y su hermano, Jordi Pujol, Rubalcaba, Rodrigo Rato, Álvarez Cascos, Solchaga, Barrionuevo, Roldán, Vera, Aznar, Chaves, Zaplana o Rajoy, entre otros muchísimos que me dejo.

Todos ellos han afectado odiarse mutuamente mientras se llenaba los bolsillos con el dinero que pagarán nuestros hijos. Pareció que, al llegar Zapatero al poder, iban a dejar paso a los siguientes, pero no: en cuanto Zapatero se desmandó demasiado, le pusieron al lado, primero a Solbes y luego a Rubalcaba, representantes de la misma generación de siempre, para poner coto a sus desmanes.

La primera señal de que las cosas estaban cambiando la dio el jefe del Estado. Con la vida solucionada, y ya no para muchos trotes, Juan Carlos de Borbón dejó paso a su sucesor, que pertenece a una generación intermedia (la mía, por cierto) que peina canas taponada por la generación anterior, mientras los que vienen por detrás, los Sánchez, Ribera e Iglesias, les adelantan por la derecha y por la izquierda.

El último representante de la generación anterior es Rajoy, al que acompaña en el gobierno su ministro de Asuntos Exteriores, también de la misma colla. En las últimas dos elecciones ya estuvo rodeado en los debates por gente unos cuantos lustros más joven, y el peligro de perder poder ha sido real.

Yo interpreto lo que ha sucedido entre los sociatas de acuerdo con la lucha intergeneracional en la que estamos. Para derribar a Sánchez, que apenas supera los cuarenta e incluso aparenta menos, qué desfachatez, ha salido de su retiro la principal figura de la generación de la transición, Felipe González, asistido por su vieja guardia, para poner las cosas en su sitio de una manera sin precedentes. De momento, les ha salido bien, pero no sé si volverá a ocurrir.

Lo digo porque parece que en el Congreso, en los debates de investidura, el sociata que han tenido que poner de portavoz a falta de representantes de la generación de los patriarcas, al parecer, ha dicho que van a proponer la regulación de la eutanasia.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Brocantes

La palabreja no la había oído jamás hasta mi llegada a este bendito país que me acoge. Une 'brocante' no es sino un rastro o mercadillo donde se venden (y, por lo visto, también se compran) todo tipo de trastos que yo considero totalmente inútiles, pero que a alguien le parecen lo suficientemente atractivos como para incorporarlos a su propiedad.

Los belgas, en general, tienen bastante sitio en casa. Bélgica es un país de una extensión reducida y de una densidad de población muy elevada, pero el terreno está razonablemente dividido entre los habitantes y, así, todo el mundo sale a bastante espacio, no como en Moscú, que estábamos todos apretujados. Es raro que haya belgas sin un sótano bien espacioso, y aun los relativamente pocos que viven en pisos suelen disponer de un trastero que les permite guardar todo tipo de cosas en desuso. No es extraño, pues, que tengan cosas, supongo que por si la guerra. Y es que, pensarán ellos, nunca se sabe cuándo los alemanes van a volver por sus fueros y se van a desmandar otra vez.

En el año largo en que estuvimos visitando casas para acabar comprando una, pudimos ver algunos agujeros ejemplares. Recuerdo una, ocupada por un hombre separado abandonado tanto por su mujer, como por sus hijos, que ya se habían hecho mayores. Evidentemente, la casa se le caía encima, pero es que además se había echado novia y había decidido hacer vida nueva y romper con todo lo anterior, casa incluida. La casa estaba habitable, aunque no nos gustó lo suficiente como para hacer una oferta por ella, pero el sótano era un lugar insondable que daba grima ver, atestado de objetos inclasificables.

Así vimos varios lugares. He de decir que, en lo tocante a sótanos, nosotros estábamos lejos de ser un ejemplo a seguir. Ya en Moscú, en que teníamos la enorme fortuna de vivir en una casa con sótano y trastero, algo insólito, los llenamos hasta los topes, y trajimos a Bruselas, con la mudanza, cachivaches de todo tipo, que habíamos ido transportando por las diversas viviendas que fuimos ocupando en Rusia y que fueron cayendo en desuso. La mudanza desde Moscú ocupó el doble del volumen que hubiera podido tener, y menos mal que ésa nos la pagaron.

De hecho, durante los dos años y pico que ocupamos nuestra primera vivienda en Bruselas, antes de comprar esta casa en la que escribo, mi obsesión estuvo consistiendo en reducir el volumen de la próxima mudanza (ésa no nos la pagaban). No había manera. Todos los objetos, hasta los más inútiles, tenían un valor sentimental para alguien, así que la reducción del volumen fue bastante limitada, y muchos bultos nos han seguido hasta aquí y a saber el tiempo que se quedarán con nosotros.

No está en mi cultura, pero eso los belgas lo solucionan a base de brocantes. Aquí cabe distinguir entre los mercadillos, que ocupan durante los fines de semanas las plazas de Bruselas, y las brocantes, más esporádicas. Mercado, o mercadillo, son palabras que pueden llamar a engaño a un español. Yo, por ejemplo, me figuro como mercadillo al que hay en mi pueblo, o los que hay en Valencia en Músico Ayllón o en Convento Jerusalén, con un alto porcentaje de gitanos, y mucho menor de payos, entre los vendedores, anunciando el género a voz en grito, con regateos y policías municipales dando vueltas por allí, por si acaso. Ya, ya sé que, además, están los rastros, donde uno se encuentra dependientes muy formales que exponen los fines de semana el género que también venden en su tienda el resto de la semana, pero no es lo primero que se me viene a la cabeza.

En Bruselas, no.

En Bruselas los vendedores no son gitanos, o no lo parecen, y tampoco creo que haya muchos por aquí. Pueden ser magrebíes más que proporcionalmente, pero también hay otros extranjeros de Europa Occidental, y también muchos belgas ¿Y por qué hay tantos belgas? Porque desde niños les acostumbran a las brocantes y no les importa pasarse días de pie vendiendo lo que tienen a mano.

Una brocante es, pues, un mercadillo ad-hoc, y cada vecindario que se precie tiene la suya. Un buen día (sí, más vale que sea bueno) un organizador pide los permisos correspondientes al municipio, y ya sabe que puede cortar la calle que le convenga. A continuación, se anuncia la brocante como es debido y ¡hala! la gente empieza a apuntarse para vender sus cosas y sacarse unas perras vaciando el trastero.

Lo primero que hay que hacer es pagar al organizador por el derecho a ocupar nueve metros cuadrados, o así, de espacio público. Luego, el día D, uno extiende su chiriguito y a vender. He visto desde sitios muy organizados con lonas y mesas, hasta el más básico de lienzo por el suelo, como un vulgar mantero.

El caso es que las brocantes proliferan enormemente, y en ellas se venden trastos que yo no querría ni regalados, pero que a los belgas les chiflan. Lo que para mí es un cachivache infecto de nula utilidad, para muchos belgas es un objeto 'vintage' de altísimo valor, y la prueba es que no sólo hay mercadillos y brocantes, sino muchísimas tiendas dedicadas a muebles y objetos viejos y de dudosísimo gusto, pero que supongo que la gente compra. Basta darse un garbeo por Marolles, entre Jeu de Balle y Chapelle, para ver tiendas a cual más curiosa.

Sí. Los belgas no tiran nada, o prácticamente nada, y aun eso con gran dolor de su corazón. Y en eso son de admirar y me traen algunos pensamientos a la cabeza, pero escribiré sobre ellos otros día, porque hoy se hace tarde.