lunes, 25 de diciembre de 2017

Puertas, Navidades y paciencia

En primer lugar, este modesto autor de bitácora desea a los lectores que le queden una feliz y santa Navidad. Soy consciente de que podía haber sido mucho más prolijo este año, en que en Bruselas se han desarrollado acontecimientos que hubieran merecido una glosa adecuada en estas pantallas. Y no sólo se trata de una puerta de garaje más o menos, o de una de entrada que se cierre con mayor o menor habilidad. No sólo eso, no. La familia y yo hemos visitado lugares lejanos (las Floridas, con su bandera tan simpática) y cercanos (Ámsterdam, Delft y sus personajes ilustres), que en otros tiempos hubieran dado para una serie larga y fecunda de entradas gafapastosas sobre los antecedentes históricos, e hispánicos, de estos lugares.
Eso por no hablar de los sucesos que han acontecido en la misma Bruselas, donde en los últimos meses del año se ha refugiado un remedo de gobierno catalán, sedicente exiliado, que ha originado ríos de tinta en todos los medios de comunicación que se precien, y ni una sola línea en esta bitácora que, obviamente, tiene una opinión al respecto, la de su autor, claro.

Pero corren otros tiempos, que no permiten el sosiego de antaño, así que me conformaré con lo que pueda, y el lector, en el supuesto de que lo siga siendo, tendrá que conformarse con lo que hubiere. Vamos, pues, con el asunto de la puerta, que quedó pendiente,cosa natural, porque no va a acabar el año con una solución.

El señor Puertinckx, que por lo general es solícito y muy cumplidor, comenzó a dejar sospechosamente de ponerse al teléfono. Dijo, llamando él, lo cual le honra, que pasaría a tomar medidas tal día. Tal día pasó, pero las medidas siguieron sin tomarse, y ya desapareció de mi vista. Finalmente pasó hace unos días una oferta por algunos cientos de euros para arreglar el problema, y así hemos quedado, que se nos han echado encima las fiestas, nosotros hemos tomado las de Villadiego, y la puerta está allí, cerrada a cal y canto, y con llave, y a la espera de que quien la instaló la ponga en condiciones.

En fin, que hay que quedarse con algo positivo de todo esto. Yo me quedo con la paciencia que estamos adquiriendo. Ya veníamos con mucha paciencia acumulada desde Rusia, pero la verdad es que Bruselas la está poniendo a prueba casi todos los días. Y es que Moscú había mejorado mucho en los últimos tiempos, y había alcanzado unos niveles de servicio que, quién me lo iba a decir en 1994, se echan de menos en el Reino de los Belgas. Al menos, en su capital.

En estos tiempos religiosos fuertes, es bueno poder decirse que uno se ha preparado la Navidad mal, como todos los años, pero que algo ha sacado del Adviento, como puede ser un poquito más de paciencia, con la certeza de que las cosas no se componen con la sola voluntad de uno mismo, sino que hay que dar pasitos hacia la solución, y muchas veces desandar los pasitos que habíamos dado, porque el camino por donde íbamos no era el correcto.

Y en estos momentos también conviene recordar que, después de la noche, vuelve el día. Diciembre ha sido un mes que sólo se puede calificar de tristón, en Bruselas. En todo el mes, no ha habido sino dos horas de sol, lo cual es la marca más baja desde hace decenios. Nos ha llovido, nos ha nevado, y la poca luz que he visto la he encontrado en Estrasburgo, donde estuve unos días a mitad de mes. He tenido más trabajo que el proveedor de espinacas de Popeye, y sólo con pena y esfuerzo he llegado a las vacaciones.

Pero bueno, es el momento de recordar una entrada anterior y de darse cuenta de que, poquito a poco, las cosas pueden ir yendo a mejor y de que sería injusto quejarse de cómo me van las cosas, cuando a tantos les va bastante peor.

Feliz Navidad. Y que las próximas semanas traigan pasitos, siempre cortos, en la dirección correcta. Y, si no es en la correcta, que nos demos cuenta antes de alejarnos demasiado del buen camino.

lunes, 18 de diciembre de 2017

La puerta no es el final

Palabra que quería dedicar una última entrada al penoso asunto de nuestra puerta de entrada, esperando que fuera la última vez, pero, si me empeño en que esté acabada antes de publicar una nueva entrada, se me va a acabar el año, y que sólo sea éste.

Pues señor, nos habíamos quedado en abril, nada menos, con la puerta del garaje terminada y en buen uso. Con la euforia del momento, uno se viene arriba y la pregunta al señor Puertincx, que así llamaremos al operario que nos puso la puerta del garaje, fue si también se ocupaban de puertas de entrada, que, si así era, nos apuntábamos.

Resultó que sí, pero que no las hacían ellos, sino que las importaban de los Países Bajos, vulgo Holanda; pero que sí las instalaban ellos. Pues estáis contratados, dijimos. El presupuesto era razonablemente modesto, pagamos una cantidad a cuenta y esperamos, frotándonos las manos, que nuestra venerable puerta de 1957 fuera reemplazada por una puerta de la era espacial.

A todo esto, la puerta de 1957, con su reja y una cerradura de seguridad, jamás había dado el menor problema y cerraba de categoría y, si algo le podíamos reprochar, era el biruji que entraba en invierno por los bajos de la misma.

La puerta costó un poco de hacerse. Llegó en verano, y era del tipo puturrudefuá securitas, con un cristal central traslúcido de los que no se rompen ni a martillazos, aislamiento de última generación (hay que reconocer que algo se ha notado en la factura de la calefacción) y, eso sí, la cerradura era normalita, de las de llave de toda la vida, sin células fotoeléctricas ni identificador de iris, pero bueno, el caso es que la puerta fuera chula. Luego vino un albañil flamencófono que puso en orden el estropicio que significó instalar el marco, y parecía que la cosa quedaba bien y que iba a poder escribir la última entrada y alabar al Señor por haber encontrado un profesional irreprochable en el Reino de los Belgas.

Muy feliz me las prometía yo.

La cosa comenzó a torcerse cuando nos dimos cuenta de que la apertura automática fallaba. Con la puerta de 1957, el videoportero y la apertura automática no nos dieron el menor problema; en cambio, uno pone la puerta galáctica, y resulta que ya puede pulsar con furia el portero automático, que al final lo único que funciona es la apertura manual bajando los escalones como está mandado. Como toda la vida. Para hacer ejercicio está bien, y también para recibir a las visitas cara a cara y que no se encuentren un recibidor vacío; pero, cuando el que quiere entrar es de confianza, se echa de menos darle al botoncito y que pase. El que entra (y es de confianza) también echa de menos que le abran enseguida, antes que quedarse un rato al relente y quién sabe si calándose bajo la lluvia.

Lo siguiente fue que la puerta sería im-presionante, pero el pomo de la misma era una barra metálica que apenas dejaba espacio para meter la mano -y la llave-, sobre todo si eras diestro. Los zurdos nos las componemos bastante bien, pero resulta que, en mi familia, el único zurdo soy yo. Para una vez que se hace algo pensando en nosotros...

Finalmente, la cosa se torció del todo cuando la puerta, que hay que decir que tiene una función precisa en esta vida, y no es adornar, empezó a abrirse por simpatía, y luego se negaba a cerrarse. Si, durante las primeras semanas, cerrabas y punto, a partir de ellas pasó a rebotar contra el marco, hasta el punto de que, para cerrarla, había que ir con una suavidad exquisita, pero incluso así una ráfaga de viento la abría de nuevo. La única ventaja era que no hacía falta llevarse la llave para entrar en casa, porque empujabas ligeramente, y la puerta cedía con más facilidad que un negociador del gobierno español.

Llegados a este extremo, ya hubo que llamar al señor Puertincx. Pero las aventuras que tuvimos con él las dejo para la siguiente entrada, esperando que sea la última, aunque, de todas formas, ya se ha hecho tarde.

sábado, 25 de noviembre de 2017

Conchabados del siglo XIII

Hace tiempo, ¿eh?

Sí, entretanto he vuelto a Bruselas y hasta me ha dado tiempo a dar otro salto a Valencia, y hasta a algún que otro sitio situados por estos andurriales y que me darían para escribir no pocas entradas si mis otros quehaceres me dieran tiempo para pergeñarlas. No siendo, por desgracia, el caso, bastante tengo con proseguir y terminar la serie que dejé a medias (sin contar la de la puerta del garaje, que sigue pendiente -como yo mismo- del final completo), esperando que lleguen mejores tiempos que dejen algún espacio para dedicar a la escritura.

Había dejado a Blasco de Alagón saliendo por piernas de los dominios de su señor Jaime I y acogiéndose a la hospitalidad de Abuceit. Allí estuvo dos años en calidad de consejero de Abuceit y, se supone, esperando la oportunidad de medrar en otro sitio, porque ser el consejero del rey moro del Alto Palancia y Els Ports como que no luce mucho.

La aoportunidad llegó pasados un par de años. Jaime I se había metido en la empresa de conquistar Mallorca, cosa que consiguió tras sudar bastante y sin que sus mesnadas quisieran meterse en más berenjenales. Por otra parte, esos nuevos berenjenales eran inevitables, porque Zayán, el nuevo rey de Valencia que había dado la patada a Abuceit, era un tipo arrojado y, a la que vio que Jaime I podía pasar apuros, se dio un paseo por su frontera norte para ver si reconquistaba la línea del Ebro. En estas circunstancias, a Jaime I le vendría bien cualquier ayuda que le dieran, así que, cuando insinuó a Blasco de Alagón que el tiempo lo curaba todo y que no les vendría mal ajuntarse de nuevo, éste no se lo pensó demasiado.

En 1231, Jaime I y Blasco de Alagón eran de nuevo amigos. A Jaime I le debió de dar un subidón tal, que se vino arriba y le prometió a don Blasco darle autoridad sobre los castillos que tomare.

Hay varias versiones sobre lo que sucedió a continuación, y es la manera es cómo se tomó Morella. Para empezar, Morella, que es la fortaleza de la foto de arriba, siempre ha sido un hueso durísimo de roer. Hoy es un pueblecito de alrededor de tres mil habitantes conocido por ser el lugar de nacimiento del actual presidente de la Generalidad valenciana, y sigue siendo muy bonito, pero en aquel entonces, antes del éxodo del campo a la ciudad, era una ciudad realmente importante y, en aquellos tiempos anteriores a la pólvora, prácticamente inexpugnable. El que mandara en ella era el dueño de lo que luego sería el Maestrazgo, y así fue hasta bien entrado el siglo XIX. Todavía hoy se encuentra en el patio del castillo una estatua del general Cabrera, que tomó Morella en enero de 1838 con un golpe de audacia y gobernó desde allí un amplísimo territorio en los casi dos años y medio que la mantuvo en su poder.

En 1232, las cosas eran de otra manera. Blasco de Alagón hizo la guerra por su cuenta y decidió atacar Morella. La versión oficial habla de un ataque por sorpresa fracasado, de unos parlamentarios que le ofrecieron pagar su retirada (ahí, ahí, ese espíritu caballeresco), y de una conspiración entre Blasco de Alagón y los hijos de Abuceít, que eran amiguetes suyos y que, más o menos, le debían la vida, porque eran unos infantes bastante rijosos y su padre les había pillado puliéndose a varias de sus esposas (de las de su padre, que por entonces tenía un harén entero). Por consejo de Blasco de Alagón, en lugar de ejecutarlos directamente, se limitó a desterrarlos a Morella en un régimen de arresto domiciliario.

A mí me da que, a la vista de la situación general, Abuceít estaba preparando su siguiente paso y la reconciliación de Blasco de Alagón con Jaime I le venía de perlas. Más o menos se debieron poner de acuerdo en que Abuceít cedería Morella sin mucho lío a Blasco de Alagón, sabedor el primero de que el rey le había prometido al segundo los castillos que tomase en la preparación del ataque a Valencia. Abuceít, por su parte, preparaba su siguiente golpe: convertirse al cristianismo.

A pesar de lo que he leído en la literatura clásica española (las Novelas ejemplares de Cervantes son, precisamente, un ejemplo), las conversiones de musulmanes al cristianismo son una excepción absoluta. En un país musulmán, convertirse al cristianismo y hacerlo público es algo que sólo puede hacer alguien que esté muy cansado de la vida; se dice que hay cierto número de conversos secretos, pero claro, como son secretos, a ver quién es el guapo que se entera de sus vidas y su testimonio. En un país no musulmán, como de momento lo es Bélgica, hace unos años fui testigo de un musulmán, Mohamed se llamaba, o como se escriba en su lengua, que hizo públicamente la petición de ser admitido a las catequesis para recibir el bautismo, lo cual me temo que viene a demostrar definitivamente que Cristo está presente incluso en la iglesia católica en Bélgica, porque, para sentirse atraídos por el mensaje que demasiadas veces transmitimos los católicos que vivimos en Bruselas, hay que estar realmente muy convencido por el Espíritu Santo.

Y sí, es verdad que se habla últimamente de una ola de musulmanes conversos al protestantismo entre los refugiados que piden asilo en países como Dinamarca, pero creo que se pueden tener dudas más que razonables sobre la sinceridad de dicha conversión. Yo no contaría mucho con ellos, vamos.

El caso de Abuceít es difícil. Hay algunas tradiciones piadosas sobre los motivos de su conversión, entre las que están su presencia en el milagro de la cruz de Caravaca y la impresión que le produjo el testimonio de los franciscanos que había martirizado en Valencia unos años antes. No falta quien sospecha que lo que quiso fue simplemente congraciarse con el poder cristiano que venía e integrarse en el mismo, en un momento en que estaba claro que el dominio musulmán en la Península Ibérica se estaba desmoronando. Pero sí que parece que la conversión fue seria. Adoptó el nombre de Vicente (¡nada menos!) Bellvís, pasado algún tiempo abandonó a la multitud de esposas que tenía, y se casó con una aragonesa, ya cumplidos los cuarenta años (cuarenta años del siglo XIII, ojo), con la que aún tuvo dos hijos, varón y mujer, y esta última emparentó con un noble aragonés y fundó una de las casas nobiliarias más importantes del Reino de Valencia, la de Arenoso. Es más, partició activamente en la posterior conquista del Reino de Valencia, en el bando de Jaime I, que le colmó de privilegios, y acabó sus días, habrá que decir que cristianamente, en Argelita, una hoy pequeña población en el centro de la actual provincia de Castellón, donde tenía un palacio que no se derrumbó hasta hace relativamente poco y del que aún se conserva algún resto.

En cuanto a Blasco de Alagón, seguramente se las prometía muy felices, una vez dueño, con su socio Abuceít, de Morella y de prácticamente todo el interior de Castellón. Era bastante claro que se había conchabado con Abuceít para quedarse de testaferro con los principales castillos de éste y que Jaime I no tuviera la tentación de quedarse con todos, pero no coló. Jaime I, tras tomar Ares (que luego sería Ares del Maestre), recibió la noticia de que su mayordomo había tomado posesión de Morella, se acercó por allí, vio el pedazo de bicho que era aquello, supongo que tragó saliva y comprendió que se estaba montando un lío bastante gordo si dejaba a Blasco de Alagón, un mayordomo de lealtad por lo menos cuestionable (digamos que el episodio con Leonor de Castilla no le favoreció nada). Le hizo, pues, llamar, y vino a decir que ni de coña le dejaba Morella, por muchas promesas que le hubiese hecho en un momento de euforia.

Se produjo entonces un interesante tira y afloja, al final del cual Blasco de Alagón se quedó con Morella, pero bajo la jurisdicción de Jaime I, que se reservaba además una pequeña guarnición en dos de las torres de la muralla. Después de este suceso, el rey continuó la campaña y, gracias en buena parte a su aliado Abuceít... digo, Vicente Bellvís, no tardó en poner toda la actual provincia de Castellón bajo su dominio. El resto de la historia es conocido: Zayán se defendió con enorme valor y denuedo, pero fue derrotado en El Puig y tuvo que encerrarse en Valencia, donde, tras un asedio de cinco meses, tuvo que rendirse.

Pero eso, y lo que siguió después, es otra historia, y quizá toque contarla en otro momento. En cuanto a los dos protagonistas de estas entradas, Blasco de Alagón siguió haciendo de su capa un sayo en Morella hasta el final de sus días, participando en alguna campaña del rey, pero dejando el curro del asedio de Valencia a su hijo Artal. Debió fallecer hacia 1249, y digamos que Jaime I le miró con cierto recelo, hasta el punto de llegar a las manos, porque, como se veía venir, se le había creado un marrón de los gordos con el feudo semi-independiente que se le había quedado y que sólo pudo controlar a la muerte de Blasco de Alagón. Los sucesores de éste, sin embargo, fueron mucho menos levantiscos, sirvieron fielmente en Italia a los reyes de Aragón, uno de ellos fue incluso gobernador de los Países Bajos (y residió en Bruselas en un momento casi desesperado, quizá toque hablar de él más adelante) y hoy son grandes de España como condes de Sástago.

En cuanto a Abuceít, tuvo muchísimos hijos de sus muchas mujeres, que emparentaron con las mejores familias del reino, y dos hijos cristianos fetén, que hicieron lo propio. Su hija, como quedó dicho, recibió Arenoso al casarse con su marido, y sus sucesores, barones de Arenoso, llegaron con el tiempo a emparentar con los duques de Gandía. Abuceít parece que no sólo participó en la conquista de Valencia, sino también en la de Sevilla, antes de retirarse a sus dominios.

Y hasta aquí esta serie. Y ahora lo dejo, no porque se haga tarde y tenga que acostarme, sino porque me he comprometido a ir a recoger a una hija adolescente que tengo cenando en casa de una amiga suya. No es de extrañar que no tenga tiempo para no ser más prolífico...

jueves, 14 de septiembre de 2017

El aventurero

Si en España hubiera una industria del cine como es debido, no nos dedicaríamos a ver películas del Oeste o de la Mafia, sino que la vida de ejemplares como el protagonista de esta entrada ya habría sido objeto, no ya de una película, sino de una serie entera de ellas.

Blasco de Alagón, que tal era el nombre del pollo que nos ocupa, debió ser un tipo digno de estudio, uno de esos caballeros de frontera que no eran exactamente vasallos de nadie y que eran tan fuertes como lo era su mesnada, y que no dudaban en gastarle una mala pasada a su señor natural si se levantaban un día de mal humor. Sin embargo, fue uno de los apoyos más importantes de Jaime I en su minoría de edad frente a sus levantiscos colegas, y le salvó de apuros importantes más de una vez y más de dos, hasta llegar a convertirse en su persona de confianza, lo cual, teniendo en cuenta que el rey tenía catorce años y habida quedado huérfano con cinco, pues era mucho. Tampoco es que el padre del rey tuviera un amor loco por su hijo, como parece probar la forma en que fue concebido.

Lo de los reyes de Aragón y sus mujeres da para una entrada aparte. Alguno de ellos se casó porque no tenía más remedio, y está el caso de Alfonso el Batallador, que pasó bastante tiempo guerreando contra su mujer, Urraca de Castilla, con la que no parece que tuviera ni intimidad, ni desde luego descendencia. A su hermano, Ramiro el Monje, hubo que sacarle de un monasterio para evitar la desaparición del reino, casarle a toda mecha con una señora francesa viuda, meterle a hacer al menos un hijo (fue una hija) lo más pronto posible y, conseguido esto, Ramiro se volvió a lo suyo, esto es, al monasterio, y mando a la señora viuda a Francia de vuelta, a otro monasterio. Paradójicamente, a su nieto, Alfonso II, se le conoce como el Casto, y se supone que lo sería, pero célibe no, porque de su esposa tuvo nueve hijos, de los que siete llegaron a adultos, lo cual está muy bien para la época. El mayor fue Pedro II, padre de Jaime el Conquistador, conocido como el Católico, y supongo que lo sería, pero para que tuviera relaciones con su esposa, la reina, sus cortesanos tuvieron que engañarle y hacerle creer que era una de sus amantes.

En fin, que en Aragón había un problema con los matrimonios de sus reyes (el problema continuó después de Jaime I, pero ésa es otra historia), con lo cual uno supone que, con tales antecedentes, los nobles del reino andarían con cuidado a la hora de buscarle novia al chaval que tenían como rey.

Pero no.

Como lo más importante en aquel entonces eran las alianzas entre reinos, y no que los esposos, no ya se quisieran, sino fueran mínimamente compatibles, los principales del reino miraron a Castilla, y resultó que la única princesa casadera del reino vecino era Leonor de Castilla, tía del rey Fernando III, otro que se haría famoso con el tiempo, pero que entonces también era un jovencito. El hecho de que Jaime I tuviera catorce años y Leonor anduviera por los treinta, que en el siglo XIII es como decir la tercera edad, no impidió el matrimonio. Vale, ya sé que las feministas que en el mundo son rajan sobre que por qué la diferencia de edad sólo es sospechosa cuando es la mujer la mayor de la pareja, y no cuando lo es el marido, pero las cosas son como son, y en el siglo XIII no digamos. Será todo lo triste que se quiera, pero para que un hombre se case con una mujer que le dobla la edad hay que ser muy raro o presidente de Francia. Y, aunque seas presidente de Francia, sigues siendo raro. Se siente.

Jaime I, así y todo, tuvo un hijo con Leonor de Castilla. Luego debió pensar que ya estaba bien y, unos años y varias amantes después, alguna bastante metomentodo, decidió pedir al Papa la nulidad de su matrimonio por parentesco. Se ve que el parentesco sólo lo descubrió ocho años después de casarse, y que antes ni siquiera lo sospechaba, el pobre. El caso es que el Papa le concedió la nulidad (el parentesco era real, en todos los sentidos), y Leonor, eso sí, se llevó algunas concesiones. Una de ellas era llevarse a su hijo con ella a Castilla (moriría antes que su padre y, por tanto, no llegó a sucederle); la otra era un buen pastón.

Volvía la ex-reina con su séquito a Castilla, cuando hete aquí que aparece Blasco de Alagón con su mesnada y, aduciendo que ha gastado una fortuna al servicio de Jaime I, y que ya es hora de hacérsela devolver, despluma completamente a Leonor de Castilla y se lleva el pastón. Uno piensa en los nobles de la Edad Media, y supone que eran como esos caballeros que aparecen en las novelas de caballería, siempre prestos a proteger a las mujeres, especialmente a las princesas, y a los huérfanos, y a luchar por sus damas. Leonor de Castilla era princesa y huérfana, y la habían dejado tirada de mala manera, con lo cual era exactamente el tipo de dama que un caballero debería proteger, no contribuir a su desgracia. Se supone que eso se estudiaba en primero de caballero. Blasco de Alagón, caballero y todo lo que se quiera, parece que no asistió a clase el día que explicaron eso.

Al rey le hizo poca gracia el asunto, por muy mayordomo suyo que fuera Blasco de Alagón, y éste entendió que se había pasado muchos pueblos, y decidió poner otros tantos entre él y las fronteras de Aragón. Como en Castilla estaba claro que le iban a recibir de uñas, tuvo que internarse en tierra de moros, y ahí le vino bien una vieja amistad que había hecho unos años antes, cuando Jaime I empezó a asomar el hocico por lo que luego sería el Reino de Valencia: el mismísimo Abuceit, que, como ya vimos, había salido por piernas de Valencia y operaba desde el Alto Palancia y el Alto Mijares.

Un moro destronado y un salteador de caminos cristiano. Juntos estaban llamados a hacer grandes cosas.


miércoles, 6 de septiembre de 2017

Los misioneros

En 1226, pues, llegaron a Valencia dos tipos bastante inconscientes, franciscanos ellos, que atendían por los nombres de fray Pedro y fray Juan. Fray Juan era de Perusa, mintras que fray Pedro era de Sassoferrato, una ciudad que los estudiantes de Historia del Derecho conocemos por ser el lugar de nacimiento del gran Bártolo. La misión, pues, de los freires era bastante peliaguda, y tenía más o menos las mismas perspectivas que un marchante de jamón ibérico en La Meca. Trataban de predicar el Evangelio y lograr la conversión de los musulmanes en pleno territorio almohade. No entre los andalusíes más, digamos, tolerantes, sino entre los almohades mismos, que venían a ser la crema y nata del Islam más estricto. Supongo que hoy se irían a la frontera entre Iraq y Siria, en territorio sarraceno fetén, y que las consecuencias de su atrevimiento no serían muy diferentes a las que experimentaron en el siglo XIII.

La orden franciscana se había fundado muy poco antes, en 1209. Parece que los dos frailes habían conocido al mismo San Francisco. Es posible (bueno, es seguro) que estuvieran llenos del entusiasmo misionero que caracteriza a los movimientos religiosos en sus orígenes. En todo caso, presentarse en la Valencia inmediatamente anterior a la conquista cristiana con la cruz y el hábito y ponerse a predicar que Jesús es el Mesías y que Mahoma es un falso profeta requería tenerlos muy bien puestos.

Abuceit, almohade él, hizo lo que todo musulmán convencido debe realizar: prender a aquellas dos prendas, torturarlos y decapitarlos, aunque sobre la naturaleza de las torturas y de la puntilla que Abuceit propinó a los hermanos menores hay algunas diferencias entre los distintos relatos que se hacen de este suceso. Quiere la tradición que ello sucediera el 29 de agosto, festividad de San Juan Bautista, otro decapitado ilustre, y no hay mucha seguridad acerca del año concreto en que tuvo lugar su martirio, pero no parece que se alejara mucho de la época en que se presentaron en Valencia.

El caso es que fray Pedro y fray Juan decidieron ofrecer sus vidas por la conversión de Abuceit, y profetizaron que no tardaría en ser destronado.

Hagamos una pausa para resaltar que convertir a un musulmán está entre lo difícil y lo imposible. Mira que hay musulmanes últimamente cerca de nosotros, y en todo este tiempo no he sabido sino de dos que se hayan bautizado. Quizá haya más que no se atrevan a hacerlo público, porque se juegan la piel literalmente, incluso en nuestra Europa que debería proteger a esta gente frente a sus correligionarios de tinte violento. Supongo que nuestros antepasados llamaban al Islam 'la secta de Mahoma' porque no había quien saliera de allí sin grave daño psicológico, como sucede en las sectas actuales.

Con Abuceit está probado que la cosa funcionó. No tenemos elementos para saber cómo sucedió su conversión. Aparte de los dos franciscanos mencionados arriba, se le atribuye haber presenciado el milagro de la Cruz de Caravaca, cuyo jubileo se celebra este año, pero a mí me gusta más el argumento de su admiración por el martirio de los misioneros. Al fin y al cabo, hacer aparecer una Cruz milagrosamente es algo en lo que poco podemos contribuir, mientras que dar testimonio está al alcance de cualquiera, siempre que tenga buena disposición e impetre ayuda desde lo alto.

Abuceit tenía una posición sumamente insegura en Valencia. El dominio almohade se desmoronaba, y finalmente Zayán Ben Mardanís le echó de la ciudad. Abuceit, en los años anteriores, había tenido algunos éxitos militares en el Alto Palancia, recuperando de los cristianos Villahermosa y Bejís, así que se dirigió hacía allá, hasta residir en Segorbe, que hoy es la capital de la comarca y sede episcopal, e incluso parece que los cristianos le conocían como rey de Segorbe.

Allí se le unió uno de los principales protagonistas de este período. Una personalidad interesante como pocas, y una mezcla de noble, militar y salteador de caminos de difícil parangón, incluso en época tan convulsa. Pero, como se hace tarde, lo dejaré para la próxima entrada.

Entretanto, como veo que hay gente que quiere saber cómo queda el feo asunto de la puerta del garaje, confieso que está llegando a su fin, y que me dispongo a pagar la última factura por la misma. Eso sí, queda un fleco relativo a la puerta de entrada que no hay manera de resolver ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que me puse a buscar proveedores? Diez meses, creo. Pues eso...

Prometo que, cuando yo mismo sepa cómo termina todo, lo contaré. De verdad.



sábado, 2 de septiembre de 2017

El almohade

He de reconocer que el final de la última entrada, que he releído bastante después de escribirla, era por lo menos inquietante.

Sin embargo, la aseveración del final, que Solzhenitzyn pone en boca de uno de los personajes de su novela, es una verdad como un templo. Al cáncer le gustan las personas.

Desde la última entrada, ha pasado algún tiempo. He de reconocer que se me pasó por la cabeza dejar la bitácora en el estado en que ha quedado durante agosto, con esa frase lapidaria y definitiva que lo hubiera cerrado, y que quedara a la imaginación del lector que apareciera por aquí elucubrar sobre el destino final del autor de las líneas.

Pero, entretanto, ha pasado el mes de agosto, que ha sido de aúpa. Por primera vez en muchísimos años, he estado un mes entero fuera del trabajo, primero en el extranjero remoto, luego un par de días en un hospital (incluyendo un rato sobre una mesa de operaciones), y luego unos cuantos días de convalecencia con ciertas dificultades para usar el brazo izquierdo, que además es el bueno. Las dificultades continúan, eso sí, pero son cada día más fáciles de sobrellevar.

Por si fuera poco, los sarracenos no se limitan a atentar en Bruselas, que ya es algo que debe darse por descontado, sino que ahora vuelven a la carga en España, lo cual me lleva a ciertas reflexiones sobre cómo reacciona el personal allí y aquí cuando no se sabe de dónde vienen los tiros, pero sí que los tiros vendrán indefectiblemente.

Los días de convalecencia, en mi querida Valencia, la millor terreta del món, los podía haber pasado bastante aburrido. Los médicos no me dejaban hacer deporte, que es mi ocupación habitual cuando estoy por allí, ni siquiera montar en bicicleta, que es mi medio de transporte preferido. Lo único que me dejaban hacer era caminar, y a eso me he dedicado básicamente, lo cual me ha permitido recorrer partes de Valencia que hacía tiempo que no pisaba y, como complemento, echar un ojo a la historia del Reino de Valencia y, en particular, de sus orígenes, siempre tan ilustrativos y que nos enseñan cosas aplicables a esta actualidad que padecemos.

Uno de mis paseos me ha llevado por los alrededores de la plaza de la Virgen (siempre es bueno, y más tras haber pasado un episodio delicado, visitar a la Geperudeta y darle las gracias), donde se encuentra el Convento de la Puridad, un lugar que contiene los restos de un personaje fundamental en los orígenes del Reino de Valencia, y con una historia personal especialmente interesante.

La ortografía de su nombre es variada como pocas. Si atendemos al callejero de Valencia, pues tiene dedicada una calle cerca de la Bolsería, se trata del Moro Zeid. Hay quien prefiere Zayd Abu Zayd, que debe ser la versión más arabizada pronunciable en castellano, y yo aquí me voy a limitar a escribir su nombre como Abuceit, que es la castellanización más tradicional.

Abuceit no era un tipo cualquiera, no. Abuceit era bisnieto del primer califa almohade, que era en el siglo XII el equivalente más exacto del ISIS del siglo XXI. Esos tipos no se andaban con chiquitas con la tolerancia religiosa y esas zarandajas. Su guerra santa les llevó a quitarse de en medio a los almorávides, que ya de por sí abogaban por una interpretación rigorista del Islam, y a dar mandobles por todo Al Ándalus. Fueron de victoria en victoria hasta las Navas de Tolosa, en que su ejército quedó deshecho, y su califa, el Miramamolín, que era tío de Abuceit, tuvo que volverse a Rabat con el rabo entre las piernas.

Abuceit, pues, era el gobernador almohade de Valencia en la segunda década del siglo XIII. No era un sitio tranquilo para gobernar, pero ahí estaba él. Por el norte, tenía como vecino a un rey jovencito que tenía bastantes problemas para imponerse a los nobles de su reino, así que, de momento, por ahí no tenía mucho que temer. En efecto, Jaime I, que tal era el rey jovencito, era por entonces un quinceañero con serios problemas para hacer acatar su autoridad en sus estados. Luego, las cosas cambiarían, y Jaime I acabaría siendo conocido como 'el Conquistador' y reconocido como uno de los grandes reyes de las Españas, pero para eso tuvieron que pasar bastantes años.

Por el sur, los problemas eran más reales. El imperio almohade de la Península se estaba disolviendo y, en Murcia, Ibn Hud echó a los almohades y se hizo con el poder, en competencia con otro señor que se haría famoso más adelante, Mohamed Aben Alhamar, fundador del reino de Granada.

Además, Abuceit tiene serios problemas de legitimidad. Antes de los almohades, y no hacía tanto tiempo de eso, el rey de Valencia era el Rey Lobo, un personaje un tanto extraño, que vestía a la cristiana, siendo musulmán, que contrataba mercenarios cristianos (estaba forrado) para currar a los almohades, y cuyo apellido 'Mardanís', suena bastante a Martínez. Este rey fue finalmente expulsado por los almohades, pero dejó un buen recuerdo entre sus súbditos, sobre todo entre los murcianos, a los que elevó al mayor grado de prosperidad que hubieran tenido nunca. Y he aquí que un pariente suyo, Zayán, mira con codicia Valencia.

Por si no tenía suficientes quebraderos de cabeza, corriendo el año de la hégira de 623, o sea, el año del Señor de 1226, se presentan en Valencia dos tipos no se sabe si inconscientes, o directamente suicidas.

Pero de estos dos pipiolos tocará escribir en otra ocasión, porque ahora se va haciendo la hora de comer, y hay gusa. Y, para un convaleciente, esto es de la mayor importancia.

jueves, 6 de julio de 2017

No es cáncer - Это не рак

El primer capítulo del libro de Solzhenitsyn es el mismo título de esta entrada. Narra la llegada al hospital oncológico de Tashkent de Pável Nikolaevich Rusánov, un apparatchik soviético con un tumor bastante aparente, y cómo lo ingresan allí. Tashkent hoy es la capital de un país, Uzbekistán, y entonces era una ciudad ya muy grande, la mayor de Asia Central (lo sigue siendo), y el pabellón oncológico de su hospital es el único centro de toda la región donde le pueden tratar el tumor a Pável Nikoláevich.

A Pável Nikoláevich le meten en una sala común del hospital, probablemente por no haber otras, y ya desde el principio ve que la estancia en el hospital no le va a gustar mucho, por lo que piensa hacerse dar de alta para llegar a Moscú, a un sitio más como es debido y digno de su clase. A todo esto, él piensa que lo que tiene no es cáncer, y así se lo dice a sus compañeros de habitación, que le miran un poco alucinados. Pável Nikoláevich sigue en su fase de negación durante todo el primer capítulo, y varios más, como si lo suyo no fuera más que una gripe, y a la gente la metieran en el pabellón de enfermos de cáncer por simpatía.

El primer capítulo es todo un contraste entre el mundo de Pável Nikoláevich, con su pijama y su gorro de dormir recién comprados, y sus contactos en las altas esferas soviéticas, y el de los demás enfermos del montón, con la bata del hospital y cada cual con su pasado del montón, pero que allí da absolutamente lo mismo: el cáncer los iguala a todos.

El libro es curioso. Lo estoy leyendo ahora, que no sé si es el mejor momento para leerlo, y la verdad es que Solzhenitsyn escribe muy bien, en un ruso muy rico, y con ideas muy lejanas de los escritores oficiales del partido y de la Casa de los Literatos de Moscú, ese lugar donde he comido más de una vez y más de treinta también, y de donde aún hoy me pregunto cómo era capaz de trasegar los pelmennis que servían, y que repetían tanto que podías decir que seguías comiendo hasta bien entrada la tarde.

Las cosas deben haber cambiado bastante en lo que hace a los tratamientos disponibles contra el cáncer. En el libro aparecen básicamente dos alternativas: radioterapia y cirugía, y no siempre son efectivas, a pesar de la enorme dedicación de los médicos y del resto del personal sanitario. Hay casos en que los médicos deciden dar de alta al paciente durante unos días con una medicación de caballo y analgésicos a cascoporro, a sabiendas de que no tardará en volver, y el jefe del hospital anima a los médicos a dar ese tipo de altas, con la idea de mejorar sus estadísticas. Evidentemente, no es lo mismo que la salida del hospital se produzca por un alta hospitalaria, por un tratamiento ambulatorio, o porque el paciente ha dejado de respirar allí mismo. Un amigo me comentó que, curiosamente, en ese caso se habla de 'exitus', que, aunque en castellano nos parezca que equivale a éxito, en realidad, en latín, significa que el paciente la ha diñado: ex-ire. Largarse. De este mundo.

En cualquier caso, los pacientes son la esencia del libro, con sus reacciones ante la enfermedad. En el segundo capítulo (y volverá a aparecer), destaca, junto a Pável Nikoláevich, la figura de Efrem, un vivalavirgen mujeriego que iba cambiando de mujer como de camisa y que no hacía ningún caso a los síntomas que iba padeciendo, hasta que tuvo que ser hospitalizado y, una vez reconoció que tenía cáncer, ya prácticamente obligaba a todos los enfermos a que ellos también lo padecieran. En este sentido, su enfrentamiento con Pável Nikoláevich es inevitable. Éste se aferra a la idea de que no tiene cáncer, y Efrem, tozudamente, trata de convercerle de que sí que lo tiene, y de que siempre lo tendrá, como todos los que están allí, y que, si sale del hospital, será por poco tiempo, para volver de nuevo.

Porque al cáncer le gusta la gente.

Рак любить людей.